04/27/2012 | No hay comentarios

¿Qué…? Nuestros amigos, los grandes descubridores, los críticos reputados e influyentes, ¿no viajan suficientemente? Pues no, si se mira lo que eligen y la exposición del año que más les ha gustado. Con mundialización del arte, o sin ella, las costumbres locales de nuestros críticos de arte parecen estar muy enraizadas.

Es cierto que la italiana Daniele Perra ha adorado la retrospectiva del búlgaro Nedko Solakov…pero que se presentaba en la Fondazione Galleria Civica de Trento. Y no deja de ser en Venecia dónde ha descubierto a Serena Vestrucci, que la impresiona “por su capacidad en cuestionar el sistema del arte y sus mecanismos, sin caer en la provocación fácil de la que algunos abusan”.

Para Richard Dorment y Andrew Graham-Dixon, del londinense Daily Telegraph, la exposición del año fue “Leonard de Vinci” en la National Gallery de Londres. Andrew le añade “Afghanistan: Crossroads of the Ancient World” en el British Museum y “Degas and the Ballet” en la Royal Academy. Por su parte, Richard Dorment añade otra exposición de la National Gallery: “Jan Gossaert’s Renaissance”. Sus únicas visitas lejos del Támesis fueron a Paris: al Grand Palais para las colecciones de los Stein y al Museo d’Orsay para la exposición Manet. En fin, tampoco nada muy ligado a la aventura…

Sean O’hagan, crítico de fotografía del Guardian, privilegía la retrospectiva Paul Graham en la Whitechapel, siempre en Londres. Y sus descubrimientos del año son también británicos: Chloe Dewe Mathews; y en lo que respecta a la pintura, Georg Shaw. So British!

A los de Nueva York, les gusta sobretodo lo que pasa en Manhattan. Para Roberta Smith, del The New York Times, las exposiciones del año han sido las de David Hammons en la galería L&M Arts; la de Christian Marclay en la Paula Cooper Gallery y la de Ellsworth Kelly en la galería Matthew Marks (¡bingo!, tres artistas norteamericanos en tres galerías de Nueva York)…pero no la de Maurizio Cattelan, en el Guggenheim, que ella solita se encargó de desprestigiar. Por su parte, Jerry Saltz, del The New York Magazine, ha escogido también “The Clock” de Marclay, y clasifica en las siguientes plazas de su palmarés la retrospectiva de William de Kooning en el MoMA y la de Alexander Macqueen, en el Metropolitan Museum (MET). Bueno, continuamos voreando el East River…

Más interesante me parece el comentario de Holland Cotter, también del The New York Times, respecto de lo que ha pasado en la gran mnanzana en 2011: “Si se considera que Nueva York tiene centenares de galerías, y centenares y centenares de exposiciones nuevas, el nivel de estímulo ha sido bajo”.

Y llegados aquí, ¿porqué no ir un poco más lejos? Es lo que ha hecho Robert Storr, comisario general de la Bienal de Venecia del 2007. Su primera elección es de Nueva York pero singular: para él lo más importante ha sido la apertura de las salas de arte islámico del MET. Y sus otras elecciones corresponden a las de un viajero: en Londres, le impresionó la retrospectiva de Gerhard Richter en la Tate Modern (que, curiosamente, no comenta ningún crítico británico…). Pero la mejor sorpresa la tuvo en Bolonia, en el Museo de arte moderno, con los videos, performances e instalaciones del colectivo Zimmer Frei.

Y para otro viajero, Philippe Dagen, de Le Monde, lo mejor fueron, también, la retrospectiva de Richter en la Tate Modern, la Bienal de Lyon, los paisajes de Max Beckmann en el Kunstmuseum de Basilea, “Danser sa vie” en el Pompidou parisino y la trospectiva de Marc Desgrandchamps en el Museo de arte moderno de la Ciudad de Paris.

Tal vez no coincidiría del todo con las elecciones de estos dos ultimos, por lo menos respecto de algunas de las exposiciones que citan y que he visto, pero por lo menos me gusta su espíritu de obertura en relación al ombliguismo (de ombligo) de algunos de sus compañeros. ¡Viajad críticos, viajad!


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04/20/2012 | No hay comentarios

Coleccionar es un instinto humano básico y muy antiguo, propio, en general, de personas organizadas, cuidadosas y algo obsesivas. De manera que, a menudo, una colección puede convertirse en una pasión para toda la vida, con todo lo que ello puede comportar.

A un coleccionista, normalmente, lo que más le gusta es el proceso de búsqueda: encontrar la pieza o el objeto fuera de lo común o difícil de obtener, con las historias que tienen detrás. Pero al lado de esta motivación por la búsqueda, hay otras características psicológicas que los coleccionistas acostumbran a tener: ser extremadamente ordenado, basar la elección en criterios personales y, además, mostrar lo que se tiene. Puede ser que no se den todas estas características a la vez, pero me parece que sí que se dan todas ellas en proporciones tal vez distintas a lo largo de la vida.

Analicemos ahora estas características y fijemos algunas ideas-fuerza:

-Acumular no es exactamente coleccionar. Mientras que el coleccionista es ordenado y cuidadoso y suele socializar su colección mostrándola orgulloso, la acumulación segmentada y desordenada, sin sentido de la calidad de lo que se colecciona, forma parte de una especie de psicopatología, como el síndrome de Diógenes. En “El sistema de los objetos”, el sociólogo francés Jean Baudrillard distinguió también entre un nivel inferior de acumulación de materias, otro nivel consistente en guardar objetos en serie, del nivel de coleccionista. Porque una colección, según Baudrillard, es algo que emerge hacia la cultura.

-Ordenados y obsesivos. Normalmente, como ya se ha dicho, los coleccionistas son ordenados y cuidadosos pero se da también una cierta posición obsesiva, que puede ser exacerbada sin caer en la patología y que está directamente relacionada con lo que se colecciona. Existe, además, una vinculación psicológica con el objeto coleccionado, al que se quiere y se mima.

-Para toda la vida y para todos. La mayoría de coleccionistas empiezan a reunir piezas en su infancia y en la preadolescencia, que no dejan de ser épocas proclives para iniciarse. Como afirma David Attenborough, célebre naturalista inglés, en la infancia se es coleccionista por naturaleza: coleccionar e identificar son instintos básicos, algo enraizado en todos nosotros. Iniciado en la infancia, este instinto básico nos acompañará, si no hay una causa mayor, durante toda la vida. Porque que una colección esté viva no deja de ser la parte más atractiva del asunto, una colección no está jamás completa, siempre hay algo que te llama la atención o que puede completar aquéllo que ya tienes. Un coleccionista es un ser vivo y apasionado. Por otra parte, todo el mundo puede ser coleccionista, y aunque es cierto que la distancia, el tiempo, el dinero, el espacio, etc., pueden ser factores condicionantes, también es cierto que pueden coleccionarse cosas más ligeras y que no ocupen espacio ni cuesten demasiado dinero.

-Compartir y disfrutar. A muchos coleccionistas les produce más satisfacción enseñar que encontrar. Esta voluntad de socialización es muy fuerte y acostumbra a producir grandes frustraciones, porque son pocos los espacios que se abren a los coleccionistas privados, por eso algunos optan por abrir su propio espacio. La conexión establecimientos públicos-colecciones privadas es otra asignatura pendiente. Por otro lado, el coleccionismo resulta beneficioso en muchos sentidos: porque produce relajación y la satisfacción anímica de conseguir cosas, a parte de la contemplación de algo que para el coleccionista resulta hermosa o preciosa; porque facilita el deseo de cuidar los objetos y de valorarlos; porque puede ser una manera de aprender a generar la frustración, porque no puede conseguirse todo inmediatamente, debe tenerse y ejercitarse la paciencia; y porque ayuda a aumentar la autoestima, en el momento de exhibirla.

Es decir, y para resumir, un coleccionista es un ser vivo y apasionado, ordenado y cuidadoso, con un punto de obsesión, constante en el tiempo, y a quien le gusta compartir y disfrutar. ¿Y tú, aún no eres coleccionista?


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04/13/2012 | No hay comentarios

Parece que ya está suficientemente establecido que el arte no debe enseñarlo todo, ¿pero es que puede mostrar todo? En nuestra época, como en todos los períodos de la historia, existen controversias, debates, tomas de palabra y de posiciones divergentes sobre este tema, y es por ello que ahora me gustaría expresar mi opinión al respecto.

Hay de todos modos una pregunta que es preciso formular de entrada: ¿qué se entiende por arte hoy en día? Una de las cuestiones centrales de la creación contemporánea es justamente ésta: quién decide qué es arte. La creación contemporánea no para de poner en cuestión la frontera de los límites, la frontera entre aquéllo que es o no es arte.

Y esta pregunta en realidad está enmascarando otras: ¿mostrar dónde? ¿y a quién? A mi entender, en arte puede mostrarse todo, excepto la ausencia de arte, pero no a todo el mundo. Contrariamente a la publicidad que se impone a nuestra visión en el espacio público, entrar en un museo o en un teatro es un acto voluntario, y por eso debería censurarse menos lo que allí se expone que no la publicidad que invade nuestras calles o la TV. Debería censurarse menos una novela o una película que las actualidades televisadas que nos detallan cada día a la hora de comer crímenes horribles y violencias inauditas. Entrar en un establecimiento cultural crea una distancia, se sabe a dónde se va: debería ser un espacio abierto, que debería de poder jugar el rol de receptáculo de un choque emocional.

Otra cuestión central en este debate es la de la función del arte, y es que esta función respecto de la relación con la sociedad cambia según se le atribuya una voluntad de distracción o más intelectual. De todos modos, el arte no puede escabullirse de su contexto: no vamos vírgenes a confrontarnos con una obra de arte, nos aproximamos a ella con nuestro bagaje (moral, intelectual, educativo, etc.) y esto puede explicar las diferentes reacciones de las personas a una misma proposición.

El artista debe tener la capacidad de transgredir, de hacer avanzar, pero debe hacerlo mediante su creatividad, porque el arte no es tampoco sólo una pura provocación. Y debe reconocerse asimismo que existe una creatividad que nace en y de la confrontación entre autor y espectador, que puede haber una reactividad creadora frente a una propuesta. En esta confrontación, se hace avanzar para liberar, para buscar la excelencia, en el sentido de hacer surgir ideas, pensamientos y emociones, y no sólo para transgredir.

El arte, de todos modos, debe suscitar una primera emoción, un choque estético; después, puede surgir un pensamiento interior intelectualizado. El arte debe ser, a mi entender, un ‘plus’ que oxigene la sociedad, que abra los espíritus, que reproduzca o traduzca un mundo que es en sí mismo provocador.

En resumen, el arte no debe mostrarlo todo; puede mostrarlo todo, a condición de que cree un choque estético y una propuesta para hacer avanzar, pero importa el dónde y a quién. El escándalo gratuito, o incluso buscado, pertenece más al campo de la publicidad escandalosa que al del arte. El choque debe ser cultural, no debe consistir sólo en generar una confrontación mediatizada, no debe ir a la búsqueda del escándalo. Y es preciso que el artista preste también atención ante posibles recuperaciones en períodos de efervescencia, debe evitar las manipulaciones externas que podrían conllevar, como una especie de efecto boomerang, una autocensura. Es necesario que el artista evite la ausencia de cualquier tipo de espíritu crítico y debe evitarse asimismo que acepte cualquier tipo de transgresión por puro esnobismo.


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