01/04/2013 | No hay comentarios

Es triste constatar que la crítica cultural haya poco menos que desaparecido en nuestros medios de información y se haya refugiado en esa especie de conventos de clausura que son las Facultades de Humanidades, Filosofía, Filología y Bellas Artes, cuyos estudios son sólo accesibles a los especialistas.
Es cierto que las publicaciones más serias publican todavía, y afortunadamente, críticas de libros, de exposiciones y conciertos, pero ¿hay aún muchos lectores que siguen atentamente a esos paladines solitarios que tratan de poner cierto orden jerárquico en la selva promiscua en que se ha convertido la oferta cultural de nuestros días?
Lo cierto es que la crítica, que en tiempos pasados pero no tan lejanos desempeñaba un papel central en el mundo de la cultura en general, y del arte en particular, porque asesoraba a los ciudadanos en la difícil tarea de juzgar lo que oían, veían y leían, hoy es una especie prácticamente en vías de extinción, a la que nadie parece hacer mucho caso salvo cuando se convierte también ella en diversión y espectáculo. Y tal vez por ahí debería empezar un sentido ‘mea culpa’ por parte de los críticos.
La literatura, el cine y el arte ‘lights’ dan la impresión cómoda al lector y al espectador de ser culto, revolucionario, moderno, y de estar a la vanguardia, con un mínimo esfuerzo intelectual. De este modo, esa cultura que se pretende avanzada y rupturista, en verdad propaga el conformismo a través de sus peores manifestaciones: la complacencia y la autosatisfacción.
El vacío dejado por la desaparición de la crítica ha permitido que, insensiblemente, lo haya llenado la publicidad, la cual se ha convertido en nuestros días no sólo en parte constitutiva de la vida cultural sino en su vector determinante. La publicidad ejerce un magisterio decisivo en los gustos, la sensibilidad, la imaginación y las costumbres de los ciudadanos.
La función que antes tenían, en este ámbito, los sistemas filosóficos, las creencias religiosas, las ideologías y doctrinas y aquellos mentores que en el sistema cultural francés se conocían como los ‘mandarines’, hoy la cumplen los anónimos ‘creativos’ de las agencias publicitarias. Era en cierto modo obligatorio que así ocurriera a partir del momento en que la obra literaria y artística pasó a ser considerada un producto comercial que jugaba su supervivencia o su extinción en los vaivenes del mercado, cuando el precio pasó a confundirse con el valor de una obra de arte.
Cuando una civilización o una sociedad relega al desván de las cosas periclitadas el ejercicio de pensar y construir una obra y un discurso artístico y sustituye las ideas por las imágenes, los productos literarios y artísticos son promovidos, aceptados o rechazados por las técnicas publicitarias y los reflejos condicionados (pavlovianos) de un público que carece de defensas intelectuales y sensibles para detectar los contrabandos y las extorsiones de que es víctima.
La masificación sería otro rasgo, junto con la frivolidad, de la cultura de nuestro tiempo. Parece que gustan esos fenómenos de gregarización que consisten en ir allí donde va todo el mundo. En este sentido, siempre resulta llamativo ver cómo se forman largas colas para visitar exposiciones temporales mientras se abandonan las visitas sistemáticas a los museos o a las galerías de arte, de modo que muchos directores y conservadores de museos ponen en marcha exposiciones temporales, con la base de los fondos del propio museo, para atraer a un público que se siente atraído por los fenómenos de masas y con fecha de caducidad. Se produce así un fenómeno de emulación, de moda y de masificación, sabiamente orquestado por la publicidad y la ausencia de formación.
Por ello, a mi entender, es más necesario que nunca la participación en la arena pública de hombres de pensamiento y creación. De hombres que puedan tomar parte en el debate de ideas, un tipo de debate que se remonta a los albores mismos de Occidente. Los pensadores y los críticos de arte son, no obstante, conscientes de la desairada situación a que han sido reducidos por la sociedad en la que viven, y la mayoría ha optado por la discreción o la abstención en el debate público sobre las ideas y las artes. Confinados en su disciplina o quehacer particular, no quieren o no pueden hacer oír su voz y su mensaje. Cierto que hay excepciones, pero, entre ellas, las que suelen contar son las encaminadas más a la autopromoción y el exhibicionismo que a la defensa de un principio, un valor o una posición.
Y, sin embargo, necesitamos a estos hombres de pensamiento y de creación que nos ayudan a construirnos como personas, a establecer en bases sólidas nuestros criterios, y a avanzar como sociedad basada en el discurso, la confrontación ilusionada y basada de ideas y opiniones y un futuro individual y colectivo menos frívolo y menos masificado.


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04/27/2012 | No hay comentarios

¿Qué…? Nuestros amigos, los grandes descubridores, los críticos reputados e influyentes, ¿no viajan suficientemente? Pues no, si se mira lo que eligen y la exposición del año que más les ha gustado. Con mundialización del arte, o sin ella, las costumbres locales de nuestros críticos de arte parecen estar muy enraizadas.

Es cierto que la italiana Daniele Perra ha adorado la retrospectiva del búlgaro Nedko Solakov…pero que se presentaba en la Fondazione Galleria Civica de Trento. Y no deja de ser en Venecia dónde ha descubierto a Serena Vestrucci, que la impresiona “por su capacidad en cuestionar el sistema del arte y sus mecanismos, sin caer en la provocación fácil de la que algunos abusan”.

Para Richard Dorment y Andrew Graham-Dixon, del londinense Daily Telegraph, la exposición del año fue “Leonard de Vinci” en la National Gallery de Londres. Andrew le añade “Afghanistan: Crossroads of the Ancient World” en el British Museum y “Degas and the Ballet” en la Royal Academy. Por su parte, Richard Dorment añade otra exposición de la National Gallery: “Jan Gossaert’s Renaissance”. Sus únicas visitas lejos del Támesis fueron a Paris: al Grand Palais para las colecciones de los Stein y al Museo d’Orsay para la exposición Manet. En fin, tampoco nada muy ligado a la aventura…

Sean O’hagan, crítico de fotografía del Guardian, privilegía la retrospectiva Paul Graham en la Whitechapel, siempre en Londres. Y sus descubrimientos del año son también británicos: Chloe Dewe Mathews; y en lo que respecta a la pintura, Georg Shaw. So British!

A los de Nueva York, les gusta sobretodo lo que pasa en Manhattan. Para Roberta Smith, del The New York Times, las exposiciones del año han sido las de David Hammons en la galería L&M Arts; la de Christian Marclay en la Paula Cooper Gallery y la de Ellsworth Kelly en la galería Matthew Marks (¡bingo!, tres artistas norteamericanos en tres galerías de Nueva York)…pero no la de Maurizio Cattelan, en el Guggenheim, que ella solita se encargó de desprestigiar. Por su parte, Jerry Saltz, del The New York Magazine, ha escogido también “The Clock” de Marclay, y clasifica en las siguientes plazas de su palmarés la retrospectiva de William de Kooning en el MoMA y la de Alexander Macqueen, en el Metropolitan Museum (MET). Bueno, continuamos voreando el East River…

Más interesante me parece el comentario de Holland Cotter, también del The New York Times, respecto de lo que ha pasado en la gran mnanzana en 2011: “Si se considera que Nueva York tiene centenares de galerías, y centenares y centenares de exposiciones nuevas, el nivel de estímulo ha sido bajo”.

Y llegados aquí, ¿porqué no ir un poco más lejos? Es lo que ha hecho Robert Storr, comisario general de la Bienal de Venecia del 2007. Su primera elección es de Nueva York pero singular: para él lo más importante ha sido la apertura de las salas de arte islámico del MET. Y sus otras elecciones corresponden a las de un viajero: en Londres, le impresionó la retrospectiva de Gerhard Richter en la Tate Modern (que, curiosamente, no comenta ningún crítico británico…). Pero la mejor sorpresa la tuvo en Bolonia, en el Museo de arte moderno, con los videos, performances e instalaciones del colectivo Zimmer Frei.

Y para otro viajero, Philippe Dagen, de Le Monde, lo mejor fueron, también, la retrospectiva de Richter en la Tate Modern, la Bienal de Lyon, los paisajes de Max Beckmann en el Kunstmuseum de Basilea, “Danser sa vie” en el Pompidou parisino y la trospectiva de Marc Desgrandchamps en el Museo de arte moderno de la Ciudad de Paris.

Tal vez no coincidiría del todo con las elecciones de estos dos ultimos, por lo menos respecto de algunas de las exposiciones que citan y que he visto, pero por lo menos me gusta su espíritu de obertura en relación al ombliguismo (de ombligo) de algunos de sus compañeros. ¡Viajad críticos, viajad!


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03/16/2012 | No hay comentarios

La prensa está en crisis, en una fuerte crisis. Está financiada mayoritariamente no por los compradores con ganas de leer sino por los publicitarios que quieren asociar la imagen de sus productos a una cabecera de prestigio.

Se leen menos novelas, y todavía menos los libros de ensayo. Y es teniendo en cuenta este panorama que debemos admitir que la crítica de arte se halla en un mal momento. Pero la crítica de arte es también víctima de su propio narcisismo. Durante mucho tiempo, el uso de las palabras en esta disciplina producía un estilo confuso, profuso y difuso, que pretendía mostrar el elevado nivel de ciencia del autor.

Esta ‘crisis’ de los textos incomprensibles de los críticos de arte continua existiendo, y para darse cuenta sólo hace falta leer los comunicados de prensa de algunas galerías de arte contemporáneo, porque para algunos parece vigente la máxima de que ser incomprensible es un signo de calidad. Aunque también podría ser que lo que esto quiera evidenciar es que la única cosa que cuenta de la crítica de una exposición es el hecho de que salga en un periódico, es el simple hecho de que se hable de ella, bien o mal pero que se hable de ella.

Porque otra cosa que puede tener incidencia en el buen desarrollo de una exposición es el lugar dónde aparece el artículo. Y en esta línea que se considera que la presencia de una foto y su formato, el título y el subtítulo tienen la máxima importancia.

Tal vez sea una observación cínica, pero lo es a fuer de realista.

Al mismo tiempo, y desde los años 80, se desarrolla paralelamente otro fenómeno: la toma del poder por las casas de subastas en el imaginario del gran público. Sólo es preciso fijarse en los catálogos.

Antes, los catálogos de las subastas de arte estaban destinados a los iniciados, había muchas abreviaciones, pocas imágenes, a menudo en blanco y negro, un papel poco lujoso. Pero a partir de los años 80 las grandes casas de subastas han trabajado duro para aumentar sus audiencias. No lo han hecho desarrollando un gusto auténtico por el arte, porque no deja de ser un hecho que el círculo de las personas realmente atraídas por la pintura y la escultura es limitado, pero hay que reconocer que han conseguido atraer nuevos públicos.

Un público tal vez a la búsqueda de honores, de un tratamiento VIP, de cenas y cocktails. Hasta los años 80 las casas de subastas privilegiaban a las antiguas familias aristocráticas, pero después se ha producido una verdadera democratización: las casas de subastas, las grandes casas de subastas a nivel internacional, han sabido atraer a sus salones a gente rica con ganas de reconocimiento y de presencia social.

Y para este tipo de personas, la informacion debía ser más accesible. Para eso se han diseñado nuevos catálogos de ventas, que son una mezcla de catálogos de venta por corrspondencia, de revista de decoración e incluso -tal vez- de revista de arte: fotos grandes, papel de lujo, comparación entre el cuadro de un artista con el de alguno de sus predecesores para dar prestigio histórico a la pieza, cuadro situado sobre una pared para poder apreciar el efecto decorativo, y texto de descubridores sin par, como coleccionistas de prestigio con un supuesto buen ojo y de algunos críticos de arte, que continuan produciendo textos hiperbólicos.

Y así es como el círculo se cierra: ¿la crítica de arte al servicio del mercado del arte mediante la aportación de su peso intelectual como símbolo de prestigio? ¿o un mercado del arte que puede ser el último espacio de presencia constante y sin limitaciones de la crítica de arte? ¿o ambas cosas a la vez? Otro apasionante debate por abrir.


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