Artur Ramon: “Giovanni Battista Piranesi: un apunte”

La figura de Giovanni Battista Piranesi ha crecido con el paso del tiempo. No quiero decir que no fuese un artista importantísimo en su época, capaz de cambiar la historia del gusto a través del arte del grabado, sino que la fortuna crítica de Piranesi ha ido in crescendo desde su muerte en 1778.

Sí, con la perspectiva que dan casi dos siglos y medio, podemos observar y entender Piranesi y darnos cuenta de que su propuesta se ha incorporado perfectamente en el flujo de los tiempos, con la modernidad. El negro cerebro de Piranesi –parafraseando a la gran Yourcenar- es, no obstant, poliédrico. Hay tantos Piranesi como aspectos de su mundo que queramos abordar. El arqueólogo defensor de la romanidad de Della Magnificenza, el cronista de las Vistas de Roma, el visionario de las Carceri, el difusor del estilo Luis XV de Vasi e Candelabri, etc. Piranesi es un artista de frontera, como Goya. Vive a caballo de dos épocas: del Romanticismo y del Neoclasicismo. Es más, defiende con pasión romántica el dogma riguroso de aquello que es neoclásico. Cuando leemos sus escritos teóricos vemos que es un dogmático. Todo vale para defender el origen romano de la Antigüedad ante el ataque de los filohelenistas. Es capaz de argumentar con refistolada retórica ciceroniana que antes que los romanos estaban los etruscos. ¿Y antes? Ni una sola palabra de Grecia. Para Piranesi, el mundo antiguo comienza y acaba en Roma. Roma contra Grecia. Piranesi contra Winckelmann. Este combate es el que mantiene en tensión las últimes dècades del siglo XVIII, un tiempo marcado por los nuevos descubrimientos arqueológicos que ven nacer la poética silenciosa de la ruina.

Piranesi es, sí, un poeta de la ruina. Un poeta y un anatomista, también. Un poeta que baña sus vistas de los vestigios de lo que fue la Ciudad Eterna y dintorni con el claroscuro de la tinta y la blancura del papel y un anatomista que alza, por ejemplo, un sistema de alcantarillado del Campo Marzio para defender una idea: como los romanos nadie en obres de ingeniería pública. En él todo es exagerado, desde las vistas, que las alarga y sobredimensiona incorporando pequeñas figuritas de tal modo que los grandtouristas que descubrían Roma tras haber visto las vistas de Piranesi quedaban totalmente decepcionados, hasta los adjetivos superlativos que utiliza: siempre la magnificenza

Piranesi es un inventor de imágenes, el primer surrealista de la historia del arte que llevado por el opio crea el mundo subterráneo que más de un siglo después escribirá Dostoievski: la memoria del subsuelo. Y lo hace con la serie de las Cárceles que es uno de los proyectos gráficos más desastrosos de la historia en un sentido puramente comercial. De la primera edición, se venden poquísimos ejemplares y se ve abocado a regrabar las planchas para hacerlas más atractivas. Difícilmente podía pensar aquel hombre que llevado por la frustración regraba su obra para hacerla más comercial que pasaría a la historia precisamente por aquellas imágenes en las que el hombre pierde la centralidad que tenía desde el Renacimiento. Las Carceri son el embrión del cine soviético de vanguardia, especialmente de Eisenstein quien confesó que se había inspirado en ellas cuando filmava “La Huelga”. Y de Eisenstein a Blade Runner solo hay un paso, como de Escher al mundo laberíntico de los juegos de nuestras videoconsolas. El origen de estas imágenes se halla en la fantasia de Piranesi.

¿Porqué sus grabados son relativamente asequibles? Por dos motivos: primero, porque grabó mucho y se hicieron muchas copias: él y su família vivían de esta producción gráfica. Y segundo, porque Piranesi fue sólo un grabador –a diferencia de otros grabadores que fueron grandes artistas como Durero, Rembrandt, Goya o Picasso, por citar cuatro nombres paradigmáticos-, y el único edificio suyo que se hizo realidad al margen de sus grabados, Santa María del Priorato en la Piazza Cavalieri di Malta del Aventino romano, es una mona de Pascua. Allí descansa el hombre que escribió su nombre en el aguatinta de un papel como Keats lo hizo, cerca de allí, en el agua.

Artur Ramon