Maurice de Vlaminck

París, 1876

Maurice de Vlaminck

Maurice de Vlaminck nació en París el 4 de abril de 1876 y murió en Rueil-la-Gadelière (Eure-et-Loir) el 11 de octubre de 1958. Fue un pintor y grabador francés adscrito al fovismo.

En un primer momento Vlaminck no tenía intención de dedicarse a la pintura y su verdadera vocación era ser ciclista de profesión, vocación que combinaba con dar clases de violín o escribir novelas eróticas para ganarse la vida. Debido a una enfermedad (fiebres tifoideas) Vlaminck abandonará el ciclismo y tras entrar en el ejército y conocer a André Derain, se convence de que quizá su futuro esté en la pintura.

Junto a Derain formaron un estudio donde ambos pintaban y convivían creando una buena amistad. Con anterioridad, Vlaminck siempre destacó por ser un pintor autodidacta, alejado de las academias, un pintor que pintaba aquello que veía acontecer a su alrededor, bien fuera un incendio o el paso del Sena cerca de su casa.

Su amistad con Derain le llevó a conocer y a acercarse a la obra de Van Gogh, que le influirá en el colorido y la estética de sus obras.

Vlaminck fue uno de los pintores que causaron escándalo en el Salón de Otoño de 1905, que recibió el apelativo de “jaula de fieras”, dando nombre al fovismo, el movimiento del que formaba parte junto a Henri Matisse, André Derain, Raoul Dufy y otros.

En esta misma etapa representará muy a menudo flores, unas flores que cambian respecto a su etapa anterior, puesto que los colores son mucho más fríos y oscuros aunque la estructura sea similar: flores presentadas como si fuesen manchas en la pintura.

En 1911 viajará a Londres donde capta la atmósfera de la ciudad pintando ríos y puentes. Ya no habrá cambios sustanciales en su pintura, aunque sí en sus cielos que pasaron a ser teatrales y tempestuosos.

De Maurice de Vlaminck puede afirmarse que encarnó el verdadero espíritu fauvista. Rebelde y contestatario, años más tarde, rememorando aquella época, diría de sí mismo: “Yo era un bárbaro tierno.” Si el carácter sereno de Matisse transformaba el color en un elemento de gozosa sensualidad, Vlaminck lo utilizaba como un arma que arrojar contra la tradición. De carácter vehemente y apasionado, le movía una arrogancia airada que le llevaba a repudiar los museos y a extraer del color toda la fuerza expresiva.

Con Vlaminck la pintura se convierte en trasunto de una vitalidad incontenible: “Cuando tengo la pintura en las manos, es la vida y yo, yo y la vida”. Con estos planteamientos, sus paisajes son productos surgidos de la pasión. El color es liberación espontánea de lo instintivo; el lienzo, un lugar donde verter sus emociones. Su temperamento queda registrado en la tela por una pincelada nerviosa y unos empastes densos que potencian la agresividad cromática y la viveza expresiva y que presagian el expresionismo.

Aquí podéis consultar las obras del artista que forman parte de la colección.