Arte / azar

Artur Ramon, afamado galerista y anticuario de Barcelona a la vez que especialista de la Historia del arte y de la divulgación artística a través de sus intervenciones televisivas y en la prensa escrita, acaba de publicar un libro que lleva por título “Nada es bello sin el azar” (Editorial Elba, Barcelona, 2012).
A propósito de esta obra, Vicente Verdú publicó un interesante artículo en el diario “El País” (en la edición del 21 de diciembre del 2012), que respondía al título de “El azar y la memoria”, en el que hacía unos interesantes paralelismos y puntos de contacto entre el azar y la obra artística. Un artículo que me ha inspirado este carnet del blog.
Según Verdú, “sólo el azar es capaz de conseguir la obra maestra final”. No deja de ser una afirmación rotunda porque incluso el propio articulista se cuestiona el significado de la palabra ‘maestra’ atribuida a una obra de arte. Y su respuesta no deja de ser sorprendente: una obra maestra es aquella obra de arte que posee la exclusiva peculiaridad de que no enseña nada.
Verdú reivindica el hecho de que la mirada se complace y los sentidos se ponen en estado de alerta, reviven, ante la obra de arte, pero se trata de un estado que desaparece rápidamente porque justo un minuto después ya no hay nada a hacer porque el trabajo del azar que ha permitido llegar a la producción de esa pieza, que consideramos maestra, no se puede imitar. Las condiciones en que el azar se presenta en nuestro trabajo, o incluso en nuestra propia vida, son por definición esencialmente irreproducibles. El azar no deja de ser hijo del instante.
¿Pueden existir obras que sean el fruto exacto de una minuciosa preparación previa? ¿Las notas que se toman de cara a la elaboración de un libro o los dibujos preparatorios que se hacen antes de encararse con la tela tienen un valor intrínseco y/o decisivo? Tal vez sí, pero su valor está directamente ligado al hecho de no tenerlos demasiado en cuenta después. Un creador, en nuestro caso un artista plástico, no acaba de ser completo si no posee el arbitrario patrocinio del azar; de un azar que mejora, cambia y cuestiona todos los trabajos preparativos anteriores.
Y en esto del azar los hay que son afortunados y los hay que no (y no me estoy refiriendo, obviamente, a los que son afortunados -o no- en eso que se denominan precisamente como juegos de azar). O podría ser también que el azar se tenga que ir a buscarlo y en ese caso, como Picasso decía refiriéndose a la inspiración, es mejor que te pille trabajando. Si no juegas a un juego de azar no es posible que te toque; si no trabajas, es difícil que el azar llegue sin más ni más. El azar puede intervenir como una especie de pulsión inspiradora en el momento de trabajar una obra, pero es preciso que se trabaje. Aquellos que esperan un golpe de suerte o un azar provechoso sentados sin hacer nada, pueden continuar sentados pero tendrán poco derecho a quejarse si el azar no se acaba materializando.
Toda obra nace hija de la oscuridad, y la luz se va haciendo poco a poco, y casi nunca como fruto de unas anotaciones previas o de unos nítidos esbozos. Ninguna obra, y bien evidentemente ningún cuadro o grabado, no será ‘bonito’ sin el aura del azar. No existe ninguna obra de arte que no sea hija de la inspiración y la inspiración se desparrama en todos los sentidos y, en ocasiones, hacia caminos no explorados y que tal vez no se preveía explorar. Sin azar se puede ser aséptico pero sin gracia, límpido pero sin genio, perfeccionista pero sin estilo propio, correcto pero sin ser capaz de transmitir ningún tipo de choque estético. La intervención del azar es un vigorizante de cara a la producción de este choque estético que, a mi entender, es condición ‘sine qua non’ para que una obra de arte pueda ser considerada una obra maestra. No es teniéndolo todo en la cabeza y haciendo una simple traslación mecánica como se conseguirá hacer pasar el hilo de las emociones, del placer o del rechazo. Es precisa la chispa que ilumina y que es capaz de inflamarlo todo para poder nacer renovada.
Pero claro, el azar puede conducirnos a la obra maestra o al churro. Existe el azar creativo, positivo, iluminador, pero el azar puede también jugar un papel destructivo, negativo y oscurecedor. Conviene ser merecedor del primero y prepararse para rechazar el segundo. Pero en cualquier caso es preciso tener siempre claro que la historia del arte no es lineal y que la definición y producción de una obra de arte tampoco es lineal; que hay muchos factores, intrínsecos y extrínsecos, que intervienen, y que es la conjugación de todos estos factores la que nos conducirá al resultado final. Y entre estos factores, está el azar.
Como escribe Vicente Verdú, “el azar nos mata o nos redime. La mano del azar, abierta como una cepa, proporciona el alcohol que embriaga al artista y al ánima del receptor”. Y yo aconsejaría, como oímos tan a menudo, que bebamos este alcohol con moderación, pero eso sí paladeándolo para encontrar todos los aromas en nuestras papilas visuales o auditivas.

Etiquetas: Arte, artistas, azar

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