Arte / camino

Arte / camino

Empiezo con una afirmación rotunda: el arte no es simple. Su riqueza reside en la complejidad interior, que es lo mismo que decir (aunque, probablemente, algunos no lo crean) la complejidad moral. Y por la estética llegaremos a la ética.

Y este segundo párrafo también lo comienzo con otra afirmación rotunda: me hace temblar el camino fácil en el arte. Considero que no debe cogerse nunca, aunque cuando estoy desorientado ante una obra de arte que me resulta ininteligible, y me sé perdido en un laberinto, tienda a maldecir al artista por haber escogido el camino de la complejidad.

Pero es que cuando hablo de ‘camino fácil’ me estoy refiriendo a la evidencia, al camino trillado. Para mí, el arte debe ser complejo y su asunción implica un esfuerzo y una voluntad. Porque el arte, necesariamente, debe de hurgar y descubrir, debe conmocionar, interpelar e inquietar.

Si el arte parte de la evidencia y se mueve en ella, lo que provoca es indiferencia, uno tiene la impresión de que ese trabajo no sirve para nada. Si una pintura, una escultura, un grabado o un vídeo nos dejan indiferentes es que aquella obra no tiene poderío; vamos, que no es buena. Puede haber buenas obras de arte de factura sencilla y puede haberlas de factura compleja, pero sabemos que es buena si no nos deja indiferentes. Una buena obra de arte nos debe provocar interés y debe enriquecernos, enriquecernos de verdad y desde la verdad del artista y de nuestra interconexión con él.

Porque no hay nada más alejado de la mentira que el arte. El artista inventa un mundo a partir de su imaginación y de su experiencia vital, y si se la juega, si es sincero, si es capaz de expresar su interior y, tal vez, de hacer estremecer al público o a una persona, significa que está diciendo grandes verdades. Una gran verdad (que no quiere decir que sea la única), que no es otra cosa que su manera de entender la vida, la relación entre el arte y la vida y la necesidad de explicarse el porqué de lo que no tiene demasiados porqués claros, porque, si lo fuesen, no sería necesario que fuéramos dando tumbos. Cuando miramos una obra de arte, cuando nos confrontamos a ella y quedamos atenazados por una fuerza indefinible somos víctimas del poder del arte. Somos unas curiosas víctimas en el placer de disfrutarlo.

La verdad en arte está relacionada con el sentido del equilibrio, con la gracia de la composición, con la armonía de las mezclas y de los trazos, con la intensidad de la emoción. Y en todo eso no soy capaz de ver la mentira por ninguna parte. Si el artefacto artístico tiene sentido, funciona, nos emociona, es que la obra tiene poder.

Tal vez el antónimo de ‘verdad’ en este contexto no sea ‘mentira’, sino que más bien podría ser ‘debilidad artística’. Porque como la palabra ‘mentira’ la vemos siempre más bien ligada al concepto de engaño, debo aclarar que una obra de arte justilla, en lo que se refiere a su calidad o al desencadenamiento de emociones, no representa necesariamente que se quiera engañar conscientemente al espectador, sino que más bien se trata de que no se pueden hacer panes sin harina o de que un mal día lo puede tener cualquiera. La debilidad artística consiste en tener muchos malos días seguidos…

Etiquetas: Arte, Camino

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