Arte chic versus arte pobre

Chic es un adjetivo utilizado para describir alguien o algo que es elegante, alguien o algo que tiene o presenta buen gusto. En sus diferentes acepciones podríamos presentarlo como sinónimo de elegante, simpático, amigable, agradable o generoso.

En el arte actual podríamos decir que el colmo de lo chic viene representado por Damien Hirst, de quien se presenta en estos momentos una antología en la Tate Modern londinense. Pero lo más divertido es la coincidencia de programación en esta catedral del arte contemporáneo, que hace que uno se quede como soñando y que uno tenga derecho a preguntarse si no hay en esta coincidencia un signo de malicia.

Efectivamente, la Tate Modern presenta la primera retrospectiva entre sus muros de Damien Hirst y, ciertamente, debería uno vivir en medio del desierto para no enterarse. Pero al mismo tiempo, y en el piso superior, hay una retrospectiva del italiano Alighiero e Boetti (1940-1994), quien puede ser la antítesis de Hirst puesto que nunca ha sido un valor especulativo en el mercado del arte y porque además no cultivaba la espectacularidad.

Lo que añade aún más ironía a la situación es que Boetti tuvo ideas que pueden encontrarse ahora en Hirst, aunque a otra escala. En 1969, hizo un auto-retrato “Yo, tomando el sol en Turín el 19 de enero de 1969”. Se trata de 111 montoncitos de cemento presionados con la mano, y situados en el suelo en forma de cuerpo. Una mariposa amarilla está sobre uno de ellos. El cuerpo está dispuesto sobre la espalda, con los brazos y las piernas abiertas, vivo o muerto. El insecto puede ser entendido como el símbolo del sol o de la fragilidad. La duda respecto del sentido de la obra no deja de ser uno de sus encantos. Otros son su ligereza, su aire de improvisación, la manera como sugiere que es el fruto de un momento de placer…

Hirst utiliza también las mariposas: pero a escala industrial, por millares, vivas a veces, muertas en la mayoría de casos, y da igual que sea en una tela, en un papel pintado o en un paraguas…es él quien reduce el símbolo a la condición de logo.

Nada de eso sucede con Boetti quien no para de experimentar materiales y modos de expresión. En sus inicios, a finales de los 60, remeda y parodia el minimalismo y el arte conceptual de Nueva York, y así por ejemplo fabrica una escalera en madera que no se puede subir o una silla en la que no se puede sentar. O en la misma línea, con tubos de Eternit y rollos de cartón ondulado, hace casi-esculturas abstractas. O cuando envía a direcciones claramente erróneas, cartas destinadas a artistas celebres, como Marcel Duchamp, Bruce Nauman o Sigmar Polke (la colección de “Viajes postales”).

Lo serio, la retórica, las posiciones de ventaja, Boetti las rehúye. En 1968, imagina una figura humana doble: en un sentido es ‘Shaman’, la figura del gran artista intercesor, como Beuys; por el otro lado, es ‘Showman’, la vedette, el lado malo del arte, como Damien Hirst, por ejemplo (Philippe Dagen dixit). Este ‘Shaman/Showman’ debería estar expuesto a la entrada de todos los museos de arte contemporáneo, como una advertencia. La noción de arte pobre (‘Arte Povera’), enunciada por el crítico Germano Celant, se corresponde bien con Boetti en la medida en que esta pobreza es la del poeta vagabundo enemigo de los fardos pesados.

Lo contrario es Damien Hirst, el mismo que es capaz de decir que “nunca había sido tan fácil hacer arte” (sic). O el mismo que es descrito por “Village Voice” como el artista más rico del mundo, hombre de negocios a tiempo completo, coleccionista a tiempo parcial y el más célebre de los Young British Artists, crianza creativa de los años 90. Pero un artista que sufre complicaciones como consecuencia de una enfermedad de diversificación (‘diverticulitis’, en el texto), resultado de sus esfuerzos como siniestro especulador, por su cinismo grosero y por su intelectualismo constipado por colgar 11 exposiciones simultáneas de un trabajo execrable sin ningún interés…(Le Figaro, 20/01/2012). De todos modos, Hirst se regodea de todo ello, porque para él el arte es más bien un tema de ilusión, de teatro, de diversión, de espectáculo, de belleza intrigante,…, según su propia confesión. ‘Metteur en scène’ de su propio mundo, Hirst adora el teatro y actúa con todas sus fuerzas.

Dos visiones del arte, de la vida, de la relación con los otros, de la teatralidad, de la trascendencia…a sólo un piso de distancia. La Tate: ¿coincidencia o maldad?

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