Arte / cristianismo

¿Era necesario que el cristianismo estuviera presente en el campo de las artes visuales? Según Etienne Gilson, el cristianismo habría podido pasarse de la filosofía, puesto que con ello no habría cambiado en nada su fe en la venida del Mesías y en la Resurrección. Pero, ¿habría podido también pasarse del arte?
El cristianismo nació en el seno de una Alianza que comportaba, como uno de sus puntos esenciales, la prohibición absoluta de cualquier tipo de imágenes. Los cristianos, durante los primeros siglos, no se consideraron al margen del segundo mandamiento de las Tablas de la Ley (“no harás imágenes talladas ni ningún tipo de representación de las cosas que están allá arriba en los cielos, que están aquí abajo en la tierra”), y cada vez que en el discurrir de los siglos posteriores se presentó una inquierud respecto de la licitud de las representaciones artísticas, el segundo mandamiento se hacía de nuevo presente con toda su majestad. Los artistas confeccionaban los ídolos ante los que los mártires eran condenados, y por eso ya Tertuliano les recomendó, si querían convertirse, cambiar de trabajo, abandonar su condición de artistas.
Una parte de la teología cristiana dió su espalda al arte. La inminencia del Reino de Dios, sus premisas ya cumplidas en la Resurrección de Cristo y en la incorporación del bautizado al cuerpo resucitado, alimentaban una cierta pérdida de interés por el cosmos. No es que fuera malo, era bueno, pero había cosas mejores que incitaban todavía más a la contemplación. Además, según algunos, el gusto por las imágenes, por las representaciones materiales, daba lugar a la superstición y, de forma paralela, un sentimiento elitista de las clases superiores desacreditaba, y desacredita, la naividad de la piedad popular. Estas personas sólo tomaban y toman en consideración el culto del espíritu y de la verdad, desprecian las mediaciones y quieren acceder directamente a la divinidad. Esta teología, que seguirá el protestantismo, no tiene ojos para el trabajo de los artistas, en el que verá, tomando algunos argumentos de la tradición del platonismo, un handicap que dificulta la contemplación pura.
Pero, en cambio, en el seno del cristianismo se ejerció una fuerte presión que condujo naturalmente o de forma sobrenatural al arte. Esta aproximación prolonga el viejo anhelo bíblico de “ver a Dios”. La prohibición de la Thora no les conmueve. Moisés, que hablaba a Dios “cara a cara”, le pidió “hazme ver tu gloria”. El salmista Le ruega de “hacer brillar” su rostro y este deseo se hace realidad, porque Dios mismo viene a habitar entre nosotros. Cristo, que es Dios, es también un hombre visible, y según el Evangelio de San Juan, quien ha visto a Jesús ha visto al Padre.
Hay pues, a mi entender, un cambio del para al contra. Por un lado, el mundo se ha vuelto menos interesante porque otro mundo más bonito se ha hecho más cercano. Pero, por otro lado, este mismo mundo ha recibido una gracia inesperada que le da una dignidad que no había pensado nunca merecer. Todo el destino del arte cristiano está polarizado en estas dos afirmaciones, la de la separación radical del Dios invisible (la de Moisés y de los protestantes) y la de la Encarnación, la del Dios con nosotros (base de la Navidad), que ha considerado el mundo suficientemente interesante como para venir a vivir en persona (la base del arte católico y de la ortodoxia).
El problema del arte cristiano es pues, a mi entender, un falso problema. Hegel acabó definiendo un contenido específico para el arte cristiano: es el principio de la persona y el principio de la interioridad, y encontraba ejemplos de ello en el arte gótico flamenco y germánico. Es cierto pero es reductor. La Iglesia católica, núcleo fuerte del cristianismo, no ha definido nunca un contenido especial para el arte, no lo ha hecho ni para el arte en el culto. Se ha contentado simplemente de mantener una disciplina, de acuerdo con las convenciones, la decencia, el ‘decorum’ y el ‘ornamentum’. Por el resto, libertad. Pero aun así hemos llegado a la situación de una cierta opresión del arte de temática cristiana: sea por el protestantismo, sea por un espiritualismo sentimental, más bien tristoide que impera en nuestra época en occidente.
¿Entonces, dónde podemos encontrar el arte cristiano? Más bien en la pintura del ‘domingo de la vida’ que Hegel había admirado en los Países Bajos y que se desarrolló con fuerza durante el impresionismo. En el triángulo agustiniano, es la relación del alma con las cosas lo que se busca, y ello resulta suficiente para que lo divino se invite. No se busca lo sublime, sino lo bueno; no se espera la visita de un genio, sino que se reflexiona alrededor de los maestros y se cultiva el oficio. Es una estética del ver y del hacer, en la que el juego y el placer tienen su parte.
¿En qué este arte es cristiano? Pues en que la moral que se deriva, y que sólo depende del éxito del artista, descansa finalmente sobre esta convicción de la bondad del mundo, garantizada por el libro del Génesis, y del sentido de la Encarnación.
No es preciso pyes inquietarse por el arte cristiano, pero tal vez debamos hacerlo por el arte. En nombre del principio de unidad del arte, si lo reencontramos, el arte cristiano estará presente por añadidura.
De todos modos:
-Me gusta contemplar la belleza de la obra de Dios en la obra de los artistas,
-Quiero reforzar mi fe, y la de mi comunidad, en la contemplación de la belleza, en la obra de los artistas,
-La contemplación de la obra de los artistas, pálido reflejo de la obra de Dios, profundiza en mí el sentimiento de trascendencia y del misterio, base sólida de mis convicciones y roca de mi fe,
-Las imágenes no son el fundamento de mi fe, pero me acercan a Dios y a su obra,
-Creo que el rigorismo y el desprecio de los más humildes, de sus creencias y de sus prácticas de piedad, no dan ni la felicidad ni la salvación.
Os invito a contemplar el misterio de Dios en un humilde pesebre…¡Y os deseo una Feliz Navidad!

Etiquetas: Arte, cristianismo, fe

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