Arte / crítica

Es triste constatar que la crítica cultural haya poco menos que desaparecido en nuestros medios de información y se haya refugiado en esa especie de conventos de clausura que son las Facultades de Humanidades, Filosofía, Filología y Bellas Artes, cuyos estudios son sólo accesibles a los especialistas.
Es cierto que las publicaciones más serias publican todavía, y afortunadamente, críticas de libros, de exposiciones y conciertos, pero ¿hay aún muchos lectores que siguen atentamente a esos paladines solitarios que tratan de poner cierto orden jerárquico en la selva promiscua en que se ha convertido la oferta cultural de nuestros días?
Lo cierto es que la crítica, que en tiempos pasados pero no tan lejanos desempeñaba un papel central en el mundo de la cultura en general, y del arte en particular, porque asesoraba a los ciudadanos en la difícil tarea de juzgar lo que oían, veían y leían, hoy es una especie prácticamente en vías de extinción, a la que nadie parece hacer mucho caso salvo cuando se convierte también ella en diversión y espectáculo. Y tal vez por ahí debería empezar un sentido ‘mea culpa’ por parte de los críticos.
La literatura, el cine y el arte ‘lights’ dan la impresión cómoda al lector y al espectador de ser culto, revolucionario, moderno, y de estar a la vanguardia, con un mínimo esfuerzo intelectual. De este modo, esa cultura que se pretende avanzada y rupturista, en verdad propaga el conformismo a través de sus peores manifestaciones: la complacencia y la autosatisfacción.
El vacío dejado por la desaparición de la crítica ha permitido que, insensiblemente, lo haya llenado la publicidad, la cual se ha convertido en nuestros días no sólo en parte constitutiva de la vida cultural sino en su vector determinante. La publicidad ejerce un magisterio decisivo en los gustos, la sensibilidad, la imaginación y las costumbres de los ciudadanos.
La función que antes tenían, en este ámbito, los sistemas filosóficos, las creencias religiosas, las ideologías y doctrinas y aquellos mentores que en el sistema cultural francés se conocían como los ‘mandarines’, hoy la cumplen los anónimos ‘creativos’ de las agencias publicitarias. Era en cierto modo obligatorio que así ocurriera a partir del momento en que la obra literaria y artística pasó a ser considerada un producto comercial que jugaba su supervivencia o su extinción en los vaivenes del mercado, cuando el precio pasó a confundirse con el valor de una obra de arte.
Cuando una civilización o una sociedad relega al desván de las cosas periclitadas el ejercicio de pensar y construir una obra y un discurso artístico y sustituye las ideas por las imágenes, los productos literarios y artísticos son promovidos, aceptados o rechazados por las técnicas publicitarias y los reflejos condicionados (pavlovianos) de un público que carece de defensas intelectuales y sensibles para detectar los contrabandos y las extorsiones de que es víctima.
La masificación sería otro rasgo, junto con la frivolidad, de la cultura de nuestro tiempo. Parece que gustan esos fenómenos de gregarización que consisten en ir allí donde va todo el mundo. En este sentido, siempre resulta llamativo ver cómo se forman largas colas para visitar exposiciones temporales mientras se abandonan las visitas sistemáticas a los museos o a las galerías de arte, de modo que muchos directores y conservadores de museos ponen en marcha exposiciones temporales, con la base de los fondos del propio museo, para atraer a un público que se siente atraído por los fenómenos de masas y con fecha de caducidad. Se produce así un fenómeno de emulación, de moda y de masificación, sabiamente orquestado por la publicidad y la ausencia de formación.
Por ello, a mi entender, es más necesario que nunca la participación en la arena pública de hombres de pensamiento y creación. De hombres que puedan tomar parte en el debate de ideas, un tipo de debate que se remonta a los albores mismos de Occidente. Los pensadores y los críticos de arte son, no obstante, conscientes de la desairada situación a que han sido reducidos por la sociedad en la que viven, y la mayoría ha optado por la discreción o la abstención en el debate público sobre las ideas y las artes. Confinados en su disciplina o quehacer particular, no quieren o no pueden hacer oír su voz y su mensaje. Cierto que hay excepciones, pero, entre ellas, las que suelen contar son las encaminadas más a la autopromoción y el exhibicionismo que a la defensa de un principio, un valor o una posición.
Y, sin embargo, necesitamos a estos hombres de pensamiento y de creación que nos ayudan a construirnos como personas, a establecer en bases sólidas nuestros criterios, y a avanzar como sociedad basada en el discurso, la confrontación ilusionada y basada de ideas y opiniones y un futuro individual y colectivo menos frívolo y menos masificado.

Etiquetas: Arte, crítica de arte

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