Arte / Empresa

Séneca decía que “mientras vivamos, mientras estemos entre los seres humanos, debemos cultivar nuestra humanidad”. Cultivar la propia humanidad -que no deja de ser una apelación que se dirige a todos y a cada uno de nosotros, tanto en el sentido personal como colectivo- puede sonar a veces, si se me permite la expresión coloquial, como una actividad de fin de semana. En el sentido que durante la semana trabajamos y cuando tenemos tiempo cultivamos aquello a lo que Séneca se refería. Desde esta perspectiva, las humanidades -si es que llegamos a considerarlas relevantes- serían una actividad para el tiempo libre, si es que tenemos.
Pero mi idea no es ésa. Mi idea es que nuestra humanidad debe cultivarse cada día, o no, pero no sólo a ratos.
Sostengo, como Martha C. Nussbaum (profesora de la Universidad de Chicago y autora, entre otros, del libro “Sin ánimo de lucro”), que la urgencia por la rentabilidad a corto en el mercado global nos aboca al riesgo de perder ciertos valores muy importantes para el futuro de la democracia. Valores que tienen que ver con capacidades vitales para la salud democrática y para la creación de una cultura internacional digna y que pueda hacer frente de forma constructiva a los problemas más urgentes del mundo.
Porque producir crecimiento económico no equivale a producir democracia (véase, a título de ejemplo, el caso de China), como también sabemos que la educación en general, y la educación artística en particular, no consisten en la asimilación pasiva de datos y contenidos culturales, sino en plantear desafíos para que el entendimiento sea activo y competente, y dotado de pensamiento crítico para intentar entender un mundo complejo.
Como la profesora Nussbaum considero que la función primaria de las artes es cultivar la comprensión, porque las artes estimulan el cultivo del mundo interior de cada cual, pero también la sensibilidad respecto de los demás. Las artes cumplen, pues, una doble finalidad: estimulan la capacidad de juego y de empatía, y, además, permiten poner el foco en los puntos ciegos específicos de cada cultura. La primera función la pueden cumplir las obras de arte alejadas en el espacio y en el tiempo, la segunda requerirá un mayor trabajo de detección, de actualidad.
La citada profesora nos advierte, con tino y detalle, que con las artes pasa lo mismo que con el pensamiento crítico. Resulta que son fundamentales para el crecimiento económico y para la conservación de una cultura empresarial sana. Dos conceptos de los que estamos hoy y aquí muy necesitados, visto lo visto.
Porque si de verdad queremos un crecimiento económico basado en la innovación, será necesario contar con cabezas flexibles, abiertas y creativas, unas capacidades que bien pueden inculcarse mediante el cultivo de las artes, tanto desde el punto de vista pasivo como activo.
Por ello, en las escuelas para emprendedores y en las escuelas de negocios, creo que sería útil que se entendieran las artes no como una competencia disciplinar, como un área curricular, sino como un ámbito que debe ser transverso, porque pueden contribuir, y más que ninguna otra cosa, a la formación de una personalidad intelectualmente madura y consciente, crítica y sensible, reflexiva y atenta, capaz de prestar atención al detalle y a la complejidad, al mismo tiempo.
Si las empresas quieren asegurar crecimientos a medio y largo plazo, si las empresas se creen de verdad la responsabilidad social, si las empresas quieren seguir formando parte del paisaje de nuestras vidas con vocación de innovación, será necesario que tengan en cuenta el arte, será necesario que contraten a personas con inclinación o pasión por las artes, será necesario que consideren que la vida en su globalidad no está hecha sólo para disfrutarla los fines de semana. Desde luego, vista mi experiencia, queda mucho por hacer, queda mucho y es urgente.

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