Arte / espectáculo

Marshall McLuhan denominó con la expresión ‘baño de imágenes’ a una cultura que propicia el menor esfuerzo intelectual, que no preocupa ni angustia y que, en última instancia, no ayuda a pensar, y que más bien insta a abandonarse, a tener una actitud pasiva.
El ‘baño de imágenes’ mcluhiano representa la entrega sumisa a unas emociones y sensaciones desatadas por un bombardeo inusitado, y en ocasiones brillantísimo, de imágenes que capturan la atención, aunque, por su naturaleza primaria y pasajera, acaben embotando la sensibilidad y el intelecto del público.
Las artes plásticas se adelantaron a las otras expresiones de la vida cultural en sentar las bases de esta cultura del espectáculo, y lo hicieron mediante el establecimiento de que el arte puede ser juego y farsa y nada más que eso.
Desde que Marcel Duchamp, que era un genio sea dicho de paso, revolucionó los patrones artísticos de Occidente al establecer que un excusado era también una obra de arte si así lo decía y decidía el artista, ya todo es posible en el campo de las artes plásticas, hasta que un magnate pague una fortuna por un tiburón preservado en formol en un recipiente de vidrio y que el autor de esa broma, Damien Hirst, sea reverenciado no como el extraordinario vendedor de humo que es, sino como uno de los grandes artistas de nuestro tiempo.
Probablemente hay gente que le considere como tal, e incluso puedo admitir que lo sea, pero eso no habla bien de él sino muy mal de nuestro tiempo. Un tiempo en que el gesto provocador y despojado de sentido, basta a veces, con la complicidad de los que controlan el mercado del arte y los críticos cómplices o papanatas, para coronar falsos prestigios, confiriendo de este modo el estatuto de artista a ilusionistas que ocultan su indigencia y su nada detrás de la audacia del momento y de una supuesta indolencia. Y digo supuesta porque cuando menos el excusado de Duchamp tenía la virtud de la provocación.
Tengo la impresión de que en nuestros días lo que se espera, a veces, de los artistas no es el talento ni la destreza sino la pose y el escándalo y a menudo tengo la sensación de que algunos supuestos atrevimientos no son más que las máscaras de un nuevo conformismo.
Me temo que en las artes plásticas la frivolización ha llegado a extremos alarmantes. La desaparición de mínimos consensos sobre los valores estéticos hace que en este ámbito la confusión reine y que el papanatismo esté en la gloria, puesto que parece que ya no es posible discernir con cierta objetividad qué es tener talento o carecer de él, qué es bello y qué es feo, qué obra representa algo nuevo y cuál no es más que un fuego fatuo. Esta confusión ha convertido el mundo de las artes plásticas en un gran guiñol donde genuinos creadores y saltimbanquis y copiones andan revueltos y a menudo resulta difícil diferenciarlos.
Comparto la idea de la libertad y de las fronteras abiertas del arte, pero me temo que no hay ninguna barrera cierta entre lo que es y lo que no es, porque el primer clivaje se encuentra ya en la misma definición del arte y lo que ella engloba. A fuerza de adosar visiones particulares, interesadas o no, hemos perdido el terreno colectivo y, cuando además, introducimos conceptos de valor y precio la realidad y sus contornos son aún más borrosos.
He citado en las bases de este maremagnum a los artistas, pero podríamos citar en el mismo nivel (y aún superior) a coleccionistas especulativos interesados en hacer montar el valor de las obras y artistas de su colección, a los coleccionistas que encargan la construcción de su colección a terceros bajo el prisma de la inversión (económica o social), a los curadores y conservadores al servicio de la amistad o de los favores mutuos, a los gerentes culturales y a los directores de museos en busca de cifras, a los galeristas más interesados por la economía de mercado que por la calidad intrínseca, a los críticos al servicio de determinadas causas o a la espera de determinadas prebendas, o a los profesores universitarios que viven el sueño de los justos ya en la tierra…
Como puede apreciarse somos muchos los que jugamos en esta división del espectáculo del arte y del arte como espectáculo. No me opongo al espectáculo, pero como espectador (y actor) exijo que sea de calidad, que la crítica sea independiente, que los intereses sean claros y que merezca los aplausos o el rechazo del distinguido público. Y bajo el telón.

Etiquetas: Arte, artistas

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