Arte / espiritualidad

En muchos centros de espiritualidad (en nuestro entorno, básicamente iglesias) podemos contemplar bellísimas obras de arte que tienen como objetivo aproximarnos a la belleza del misterio, descubrirnos sus contornos y favorecer nuestra meditación, o cuando menos nuestra interpelación más íntima, acerca de lo trascendente, de una visión ontológica del mundo y holística del hombre.
El gusto por el arte y la búsqueda de la trascendencia se transmiten a través de la familia y, cuando esta institución deja de funcionar de manera adecuada el resultado es el deterioro de la cultura, la artística en particular, y la pérdida de valores referenciales sobre nuestro rol en el mundo y en relación a nuestra situación como transmisores entre generaciones.
Luego de la familia, la principal transmisora de la cultura y del arte a lo largo de las generaciones, visto con perspectiva histórica, ha sido la Iglesia, no la escuela. Porque la cultura, como señala T.S. Eliot en “Notes Towards the Definition of Culture” (1948), no es sólo la suma de diversas actividades, sino un estilo de vida, una forma de ser en la que las formas importan tanto como el contenido.
No hay que confundir, de todos modos, cultura con conocimiento. El conocimiento tiene que ver con la evolución de la técnica y las ciencias, y la cultura es algo anterior al conocimiento, es una propensión del espíritu, una sensibilidad y un cultivo de la forma que da sentido y orientación a los conocimientos.
Ciertamente, cultura y religión, arte y religión, cultura artística y espiritualidad, no son la misma cosa, pero no son separables, puesto que la cultura nació dentro de la religión y, aunque con la evolución histórica de la humanidad se haya ido apartando parcialmente de ella (cuando menos en Occidente), siempre estará unida a su fuente nutricia por una especie de cordón umbilical. La espiritualidad, a mi entender, mientras está viva y es nutrida, da un sentido aparente a la vida, proporciona el marco para la cultura y protege a la masa de la humanidad del aburrimiento y la desesperación.
Cuando habla de religión, Eliot se refiere fundamentalmente al cristianismo, el que, afirma, ha hecho Europa lo que es: “Nuestras artes se desarrollaron dentro del cristianismo, las leyes hasta hace poco tenían sus raíces en él y es contra el fondo del cristianismo que se desarrolló el pensamiento europeo. Un europeo puede no creer que la fe cristiana sea verdadera, y, sin embargo, aquello que dice, cree y hace, proviene de la fuente del legado cristiano y depende de ella su sentido”.
Veinte años después de la publicación del libro de Eliot, George Steiner le respondió en 1971 con “In Bluebeard’s Castle. Some Notes Towards the Redefinition of Culture”. Según él, después de la Revolución Francesa, Napoleón y sus guerras, y el triunfo de la burguesía en Europa, se instaló en el Viejo Continente el gran aburrimiento, hecho de frustración, hastío, melancolía, y secreto deseo de explosión, violencia y cataclismo. Los movimientos dadaista y surrealista fueron la punta de lanza y la exacerbación máxima de este fenómeno. Según Steiner, la cultura europea no sólo anuncia, sino que desea que venga ese estallido sanguinario y purificador que, a su juicio, fueron las revoluciones y las dos guerras mundiales.
Ante este panorama, Steiner entiende el vínculo entre religión y cultura, pero sin la estrecha dependencia con el cristianismo que Steiner defendía. Para Steiner, la voluntad que hace posible el gran arte y el pensamiento profundo nace de una aspiración a la trascendencia, es una apuesta a trascender. Este es, según él, el aspecto religioso de toda cultura.
En los capítulos finales de este libro, Steiner traza un bosquejo bastante sombrío de lo que podría ser la evolución cultural, en la que la tradición, carente de vigencia, quedaría confinada en el conservatorio académico: “Ya una parte importante de la poesía, del pensamiento religioso, del arte ha desaparecido de la inmediatez personal para entrar en la custodia de los especialistas”.
El fenómeno de desintegración se viene agravando con lo que Guy Debord denominó “la sociedad del espectáculo” o con lo que Mario Vargas Llosa acaba de bautizar como “la civilización del espectáculo”. Ante el auge de la superficialidad, de la banalización, de la inmediatez, del fast-food cultural y religioso (viajar para contarlo, visitas express a los museos, pérdida de la oralidad y de la lectura, religiones a la carta, espiritualidad del espectáculo,…), ¿cuál es el futuro para la contemplación, interiorización y diálogo con el arte? ¿todo se convertirá en un efecto de modas? ¿el sentido de trascendencia acabará siendo ocultado en nuestra naturaleza humana?
Arte y espiritualidad van unidos, porque ambos necesitan tiempo, voluntad, capacidad de abstracción, sosiego, obertura, estudio, contemplación, disponibilidad a conocer nuestras limitaciones, individualidad y comunidad…Tal vez, demasiado lejos y demasiado alto en relación a nuestra sociedad/civilización del espectáculo.

Etiquetas: Arte, espiritualidad

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