Arte / laberinto

Arte / laberinto

La cultura en España se encuentra en la intersección entre tres crisis: la primera es que la cultura en general, y el arte en particular, son una opción estratégica marginal de nuestros políticos, a pesar de que hay una evidente relación directa entre las decisiones políticas y las estructuras culturales; la segunda es la imposibilidad de obtener y garantizar recursos financieros suficientes para lograr una masa crítica de pequeñas y medianas industrias culturales de fuerte base tecnológica, a lo cual se añade que tampoco somos atractivos para la inversión exterior; y, finalmente, nuestro capital intelectual se escapa de forma masiva al exterior: artistas, empresas, coleccionistas,…

Y, todo esto se da a la vez que el maquillaje barato de una economía enferma de ladrillo, turismo y sinecuras (por utilizar un eufemismo), todo ello adicto a un modelo casi feudal de estabilidad y de incapacidad de cambio social que tenga su base en valores como trabajo y perseverancia…

El sistema artístico español, en el fondo, es un modelo de auto-perpetuación, basado en la acriticidad,: como señala José María Lancho en un artículo en la edición española del Huffington Post del 21 de abril (“I+D en España: el laberinto sin puertas”) “no conozco un solo investigador [o artista o historiador del arte, añado yo] honesto en mi país (desde catedrático a doctorando) que no acuse a la Universidad de clientelismo, endogamia, nepotismo y un cortés etcétera ligado a redes clientelares de intereses que esterilizan buena parte de las posibilidades del sistema y de un colectivo importante de científicos [o artistas/creadores]. No sólo se contrata poco, sino que, con mucha frecuencia, y especialmente en el ámbito de las humanidades, la arbitrariedad clientelar es el criterio corriente. Mientras tanto, son miles de jóvenes inteligencias, cuya formación ha supuesto un esfuerzo colectivo muy importante, las que se han visto obligadas a emigrar, y no pocas de ellas alcanzando oportunidades profesionales que aquí les eran negadas con pérdida irreparable para todos”. Tenemos, pues, un sistema de no éxito, que asesora sobre sí mismo, y cuya premisa invisible, pero obvia, es la ausencia de presupuestos de renovación intelectual. Y son los que hablan de casta…

En mi opinión, el sistema de consolidación y de renovación, cultural y artística, está roto y no sirve a su propósito. Está roto porque no le interesa la realidad: la realidad nos exige competitividad; saber qué se hace en otros países; imitar, adaptar y crear; y asumiendo riesgos.

Es obvio que falta una masa crítica de pequeñas y medianas industrias culturales con base tecnológica, y hacia eso hay que adaptar parte de las políticas culturales. Hay que aceptar que los creadores artísticos necesitan ayudas y subvenciones, y que éstas se deben otorgar con rigor, inteligencia y con un seguimiento responsable.

Asimismo, algo imprescindible para este país es revisar qué es lo que hacen en el mundo del arte las empresas cuasi-públicas o cuasi-privadas que disfrutan de los monopolios históricos: Telefónica, REPSOL, eléctricas…, que es cierto que invierten en cultura (o, tal vez, mejor dicho, invertían, aunque fuera en ferias y galerías cuasi-oligopólicas), pero también que es inaudito el escaso nivel proporcional de esa inversión con respecto a su volumen. A los amantes de las puertas giratorias tampoco parece interesarles demasiado el arte, si no es en función de retrospectivas de valores súper-consagrados y seguros y en lugares de prestigio.

En mi opinión, este debate no se encuentra lo suficientemente presente en las agendas electorales de los partidos. Cualquier propuesta cultural desde un partido político que aspire a gobernar y que plantee la idea de una reforma en profundidad del modelo y del sistema cultural carecerá de legitimidad de gobierno a ese respecto si no parte de medidas que incluyan el inmediato incremento del presupuesto existente, aunque ésta tampoco puede ser la única medida. Conozco perfectamente los recitativos de los consultores expertos sobre la incapacidad de la sociedad y del propio mundo artístico de absorber un aumento significativo de inversión en cultura y en arte a corto plazo. Mi opinión sobre muchos de esos consultores en todas sus formas entra en la parasitología. De hecho, el esfuerzo presupuestario en cultura no debería depender de discrecionalidades de partido, como no lo puede ser la sanidad u otros servicios públicos fundamentales. El pacto global necesario por la cultura tiene que ver no sólo con la sostenibilidad de nuestro sistema de referencias a corto plazo, sino con la misma estabilidad de nuestra democracia y con nuestra independencia como sociedad abierta.

Etiquetas: Arte, Laberinto

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