Arte / misterio

Creo, y lo he creído siempre, que tenemos necesidad de la belleza para acoger el misterio en el cuenco que forman nuestras manos. El misterio, a menudo, nos eriza la piel, porque tenemos miedo de lo que no comprendemos. Pero la belleza nos propone una experiencia feliz del misterio, y tal vez sea ésta su mayor virtud: nos enseña a amar aquello que no comprendemos.
Hay tantas cosas, ciertamente, que no soportamos de no comprender: el misterio de la divinidad encarnada, el misterio del mal existente y que nos debilita, los juicios negativos que otros lanzan respecto de nosotros y que consideramos injustos, las razones de algunos de nuestros fracasos, la indiferencia de una persona que nos ha amado y/o a la que nosotros también hemos amado apasionadamente, la repetición de los mismos errores,…Probablemente esté en nuestra naturaleza la búsqueda del porqué de las cosas, y en el espíritu de nuestro tiempo el deseo de quererlo comprender todo, por no decir el quererlo explicar todo, ¡pero la realidad nos marca que precisamente son las cosas más importantes, las que no podemos ni comprender ni explicar!
Es la ideología cognitivista la que se lleva la palma hoy en día. Asentada sobre el desarrollo de las neurociencias, se atreve a reducir a menudo los secretos del psiquismo humano a simples procesos físico-químicos. Entre los terapeutas, los más en boga son los psicólogos del comportamiento, que tienen la ambición de regular nuestros sufrimientos clasificándolos en una decena de ‘grandes tipos psicológicos’. El triunfo de estas teorías, o más bien aparente triunfo, se inscribe en la lógica de una historia de Occidente marcada por siglos de progreso de la razón, de la ciencia y de la técnica. Pero llevan en ellas mismas la idea, a mi entender muy peligrosa, de que todo sería explicable, es decir que vendrá un día en qué todo será explicado.
Debe desconfiarse de los efectos perversos de este progreso: si el deseo de comprender eleva a los hombres, la obsesión de explicarlo todo supone el riesgo de rebajarlos. Peor aun, de hacer que la consecución de la felicidad sea difícil. Puesto que, a mi entender, todo no es explicable. Alguna cosa, en la visión de la transcendencia, en la existencia tanto del mundo como de los hombres, en la profundidad de nuestros estados de ánimo, se resistirá siempre a la explicación.
Ésta es por otra parte el sentido de una psicoanálisis: ayudarnos a entender, precisamente, que todo no es explicable, aunque a veces hagan falta años para aceptarlo, para llegar a entenderlo. La belleza, por su parte, es capaz de soplárnoslo en un segundo, en un instante de emoción estética: existe lo inexplicable, y podemos quererlo. La belleza es capaz de salvarnos de nuestra pasión explicativa, de nuestra obsesión por el control.
La belleza eleva nuestro espíritu porque no se explica, y nosotros podemos madurar gracias a la relación que establecemos con lo que no comprendemos. ¿Qué comprender de la belleza de una rosa? ¿Qué debemos comprender ante la sonrisa de la Gioconda? Nada. O más bien, todo lo que podríamos llegar a comprender no acabará nunca con el misterio de la belleza. La belleza no puede ser algo sin un porqué, pero se encuentra seguramente más allá del porqué. Parece, pues, que en la experiencia estética, experimentamos el placer de confrontarnos a lo que habitualmente nos repele o nos eriza: lo desconocido, lo inexplicable, pero asimismo nuestro lado oscuro…Confrontarnos a ello de forma frecuente mediante nuestras emociones estéticas, significa aprender a turbarse menos, a encontrar un poco de la fuerza necesaria para afrontarlo.
Afirmar que la belleza nos enseña a querer aquello que no comprendemos, a acoger el misterio, necesita de una precisión por mi parte: no se trata tanto de querer no comprender, sino de querer comprender que la cuestión del sentido no tiene cabida. Es evidente que ante la belleza de una rosa, de un paisaje, a veces de una canción, de un cuadro o de una escultura, la cuestión del sentido no es la buena. La belleza se nos ofrece como una pura presencia, y es por ello que es una oportunidad para nosotros, la posibilidad de experimentar, aunque sólo sea un instante, nuestra existencia también como una pura presencia. De sentir la alegría que tenemos por el hecho de existir y de transcendernos. Ante la belleza, ninguna cuestión es correcta, no se trata de interrogar lo real sino simplemente de aprovecharlo.
A mi entender, es preciso pensar tan lejos como nos sea posible y con este bagaje seremos capaces de contemplar el misterio cara a cara. La esencia de la belleza probablemente se halle fuera de lo que el pensamiento puede resolver: está en lo que queda, en lo que queda sin resolver; pero al mismo tiempo es preciso el haber intentado resolver lo que el pensamiento puede resolver para poder acercarnos un poco a lo que falta. En resumen, empezar por plantear la pregunta del sentido de la belleza (y recordemos que el arte no es más que uno de los caminos en la búsqueda de la belleza) sea tal vez la mejor manera de apreciar el misterio.
Porque si es cierto que hace falta haber hablado mucho para poder apreciar realmente el valor del silencio, también es cierto que hace falta haber pensado mucho para querer medirse a lo que resiste al pensamiento. En esta línea, podemos convenir que no comprendemos en su totalidad lo que nos dice la belleza, pero que sentimos que lo que nos dice es cierto. La belleza es el estallido de la verdad, el estallido misterioso de lo verdadero. Cada experiencia en relación a la belleza nos recuerda un paraíso perdido y nos conduce hacia un paraíso prometido. Cada experiencia de belleza, por breve que sea, al trascender el tiempo, nos restituye cada vez el frescor del alba del mundo.

Etiquetas: Arte, belleza, misterio

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