Arte / neurociencia

Los científicos y los artistas parece que tienen cosas en común: de hecho, hay muchos científicos que también son artistas, y hay artistas que plasman su arte siguiendo razonamientos claramente científicos. Podemos destacar, por ejemplo, el caso de Leonardo da Vinci que fue un artista casi completo en el campo de las artes visuales (dibujo, escultura, pintura) y un inventor notable de herramientas de transporte y de guerra, de entre las cuales algunas claramente futuristas. También podrímos citar entre los artistas visuales interesados por la ciencia a Salvador Dalí, aunque en este caso a parte su afición científica había añadiduras de marketing muy interesantes también. En el campo de los científicos podemos citar, por ejemplo, a Albert Einstein, interesante y aplicado violinista a lo largo de toda su vida, o a Louis Pasteur, eminente químico francés que trabajó en diversos aspectos de la microbiología, como las vacunas o el proceso de pasteurización, y que desde pequeño sintió y desarrolló un especial interés por la pintura; y de hecho, su primera orientación fue la de ser profesor de arte.
Es un hecho que para trabajar, tanto los científicos como los artistas utilizan redes neuronales y neuroquímicas muy parecidas. De manera que los artistas, por su parte, han realizado verdaderos experimentos neurocientíficos y lo han hecho sin saberlo, de manera intuitiva, probando y errando, buscando la mejor forma de plasmar el mundo externo y el propio.
Por ejemplo, en el mundo real, los objetos y los seres vivos no están rodeados por líneas que los delimitan del entorno. ¿Porqué entonces dibujamos el contorno de los objetos con líneas perfiladoras para representarlos visualmente? Ya en edades precoces, en las que el aprendizaje no puede explicar por sí mismo su adquisición, estas líneas de contorno están muy presentes. En forma de garabatos agitados, y aparentemente imprecisos, son trilizados por los niños con un entusiasmo genuino y hasta la saciedad. Es su manera de ir plasmando la progresiva sofisticación de su cerebro visomotor.
Los neurocientíficos tienden a pensar que las líneas de dibujo de los contornos deben servir de alguna cosa, deben de indicar alguna función primordial del cerebro.
Aunque existen movimientos artísticos que han intentado romper deliberadamente con esta tendencia, que podríamos calificar de ‘innata’, buscando nuevos efectos, la realidad es que, convencionalmente, cuando decidimos trazar una línea para dibujar, no lo hacemos con la intención de rodear una sombra o con el fin de perfilar manchas de color, sino para construir una forma.
Haciéndolo de este modo, los artistas han descubierto que algunos contornos son decisivos y que deben de ser percibidos como tales por el cerebro para que éste pueda identificar la estructura esencial del objeto. Ello significa, concretamente, que cuando observamos nuestro cerebro, éste está analizando líneas de contorno, aunque no seamos conscientes de ello.
El artista, y en este caso también los niños -que de algún modo podríamos considerar como artistas innatos-, han simplificado y han evidenciado mediante su obra que, para ver el mundo y obtener conocimiento, es crítico e indispensable que el cerebro ‘dibuje’ el contorno de los objetos. De hecho, otro interesante descubrimiento es que los niños presentan una inusual destreza para llegar a destilar lo que es realmente importante para el cerebro visual. Los artistas, ensayando intuitivamente con técnicas artísticas, conjuntamente con los científicos, han sido capaces de introducirse en la fisiología de muchos otros procesos visuales. Se ha descubierto también cómo se perciben y cómo se analizan la transparencia de los objetos, la dirección de la luz y de las sombras, la perspectiva, el movimiento, el color, la forma, etcétera.
Es preciso saber que, hoy por hoy, nos es imposible acceder conscientemente a los procesos del cerebro visual, cuando menos, con las herramientas que se utilizan habitualmente. Por otro lado, sabemos que el cerebro no necesita representar todo aquello que ve en trs dimensiones para reconocer de qué se trata; de hecho, en un solo plano y con dos dimensiones ya tiene bastante. Si no fuera así, no habría ni entenderíamos la pintura, ni el cine ni la televisión, y de hecho necesitaríamos una representación tridimensional de todo para poder reproducir visualmente el mundo. Estos hachos nos permiten economizar el análisis de la información. Lo que puede deducirse es que, con toda seguridad, el mundo real es diferente de lo que creemos que conocemos, porque en realidad sólo sabemos del mundo lo que es capaz de procesar nuestro cerebro visual. Sabemos que lo que nos rodea no es idéntico a cómo lo vemos. Pero en cambio, puede ser que sea más parecido a lo que se plasma en una pintura o en una escultura.

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