Arte / Optimismo

En los ambientes de nuestras envejecidas sociedades occidentales, más bien cansinos, tal vez convendría situar a los optimistas, esa especie de especímenes raros, en vitrinas para ser contemplados y admirados. Pero, desgraciadamente, los que difunden optimismo y esperanza a su alrededor son muy a menudo objeto de mofa y escarnio. Se prefiere señalar su aspecto naif y una especie de gracia que les habría caído del cielo, sin que ellos tengan mucho que ver. Y si lo concretamos en el mundo del arte, aun cuesta más encontrar o cruzarse con gente optimista.
Desde hace unos 20 años, la psicología positiva estudia el funcionamiento de las personalidades que acaban teniendo éxito, de los optimistas, de manera que es posible comprender con mayor precisión cómo viven y piensan los adeptos a ver el ‘vaso medio lleno’.
De estos estudios, y es también mi parecer, puede deducirse que los optimistas son en primer lugar gente que se mueve y gente que busca razones para luchar en un entorno que no es especialmente favorable. Lo que distingue a estas personalidades optimistas es su funcionamiento en modo potencial: en cualquier situación, observan en primer lugar qué es lo que es posible hacer. Por contra, un pesimista, aunque sea muy inteligente, se contenta con constatar, o eventualmente analizar, pero permanecerá en una posición pasiva, e incluso en una posición de víctima. Por el contrario, un optimista, buscador de movimiento y de libertad, hará ‘como si’, para no caer ni instalarse en el fatalismo. En realidad, poseen una confianza innegociable en el poder de su voluntad, y basan su fuerza en este punto. Tienen otro modo de funcionamiento: la optimización, es decir, hacerlo lo mejor posible a pesar de la que está cayendo.
Este estado de espíritu positivo es accesible a todos, pero para lograrlo, se necesita un aprendizaje, una atención a sí mismo que no se adquiere de forma instantánea. Debe tenerse una buena capacidad de análisis sobre uno mismo, liberarse de los malos rollos mentales inherentes a los pesimistas y liberar el cuerpo de las crispaciones que lo tensan. Resulta imprescindible drenar las emociones negativas.
Los pesimistas presentan personalidades estáticas: mentalmente, quedan bloqueados por pensamientos oscuros y físicamente, están como doloridos porque retienen las emociones negativas. Su problema se basa en no permitir a su organismo la sucesión de emociones que nos mantienen vivos y despiertos.
Según la psicología positiva, los que adoptan la actitud mental de ‘hacer como si’ y de optimización, se percatan de la dimensión transitoria de los acontecimientos; mientras que los pesimistas se fijan en su supuesto carácter permanente, que acaban generalizando (todo va mal, cualquier esfuerzo no sirve para nada, todo seguirá igual,…).
Y cuando llegan acontecimientos o sucesos difíciles, éstos no pasan de largo de los optimistas, pero éstos consiguen que no se contamine toda su existencia por un problema: si experimentan una crisis personal o relacional con su pareja, no dejan que ello afecte a su vida profesional o a sus relaciones con otros miembros de su entorno. Saben bien que las dificultades acabarán pasando.
Esta consciencia de la impermanencia de todo es asimismo una biga maestra para los optimistas paradójicos, según la terminología utilizada por la psicología positiva, es decir, los que no ven espontáneamente el lado bueno de las cosas. Los de esta categoría de optimistas, cuando la moral les baja un poco, saben que es necesario reconectarse con los amigos, practicar la gratitud y anotar -al final del día- las tres o cuatro cosas que nos han gustado y nos han dado una especie de satisfacción.
Todo ello nos lleva a deducir que los optimistas no son unos cándidos sino que son personas conscientes del carácter efímero y precioso de la vida. De manera que su misión inconsciente, el papel que se auto-otorgan, es la de difundir estas vivencias entre su entorno próximo. De hecho, la posición optimista es el carburante número uno para mantener la cohesión en una familia, en una asociación, en un equipo o en un grupo profesional.
Los optimistas desean conectarse, enriquecerse con los contactos y las relaciones, tener amigos. Otra de sus particularidades, tal vez la que les diferencia más de los pesimistas, es su generosidad, y no tanto, como algunos tienden a creer, su inteligencia.
En el mundo del arte, debemos encontrar, y con urgencia, gente optimista, gente positiva, gente generosa. Contra los ejércitos de la desgracia, contra los pesimistas bien instalados, contra los adláteres del siempre no, necesitamos sentirnos comprometidos con la obertura de espíritu, con las ganas de remar, con un sí de entrada. Y ello debemos hacerlo no a partir de posicioes naif, ni a partir de un optimismo banal, sino teniendo en cuenta que nos hallamos con unas circunstancias difíciles, con entornos cambiantes, que a veces pueden llegar a ser incluso hostiles.
Debemos aprender a ver el vaso medio lleno, a optimizar, a tener la voluntad de salir adelante. A pesar de las dificultades reales, a pesar de los que tienen unos estados de ánimo en permanente maquinación. Porque ya que el pesimismo nos conduce mediante la negatividad a una lenta autodestrucción, ¡seamos optimistas! Es nuestra base y nuestra fuerza para mejorar, para mejorarnos personal y colectivamente.

Etiquetas: Arte, optimismo, pesimismo

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