Arte / placer

Primera pregunta: ¿considera Vd. que la pintura, el grabado, la arquitectura o la música son unos placeres? Segunda pregunta: ¿considera Vd. que las bellas artes hacen que uno sea feliz? Probablemente, la respuesta a esta segunda pregunta sea que no, pero no obstante debe constatarse que elevan nuestro pensamiento, como hace también, por ejemplo, la religión, y nos procuran unos momentos de alegría, de alegría íntima y de alegría compartida. Por el contrario, también es cierto que no nos pueden cambiar la vida, no pueden evitarnos ni la desgracia, ni la miseria ni el hambre.
Resulta meridianamente claro que nadie puede consolarse ni ser consolado del duelo por una persona amada escuchando música o mirando cuadros; la esfera de la cultura puede hacernos madurar pero ni sabe ni puede transformar nuestro día a día. Las bellas artes no son una especie de producto ‘milagro’, como con tantos otros productos algunos quieren hacérnoslo creer; pero, de todos modos, yo experimento el placer que me produce el pensar que esta esfera existe.
La esfera de la cultura da, a lo largo de la aburrida o triste vida de todos los días, una satisfacción que es de un tipo particular; por ello, visitamos las pinacotecas o por eso ponemos la reproducción de una pintura que nos gusta como fondo de pantalla en nuestro ordenador.
Pero es que, además, sabemos permanentemente y experimentamos que esta esfera existe, que, gracias a ella, la realidad es más amplia y, en el caso del arte, que es de una feliz dignidad. Lo que nos permite librarnos de tanto en tanto a momentos de verdadero confort. Evoquemos, por ejemplo y con un inmenso respeto, a esos deportados en los campos de concentración que, a veces, sacaban fuerzas para recitarse unos a otros los versos de un poema.
Las artes suministran un poco de felicidad y un placer particular. Éste no es sensual ni sensorial, no es igual que el que nos da un vaso de buen vino o un deseo al fin alcanzado; se trata de un placer desinteresado. Kant lo había ya dicho, pero Baudelaire fue todavía más lejos al afirmar que el arte es el testimonio de nuestra dignidad. Y, ciertamente, sentirse elevado en cuanto a dignidad es un placer.
El placer de la belleza es mucho más que una emoción agradable. Porque como el placer estético es distinto a cualquier otro, la belleza que lo procura no se reduce a un sentimiento que tenemos en nosotros mismos, sino que parece emanar de la propia obra, es como una atmósfera que la baña, una luz inalcanzable que nuestros ojos ven pero que no nos pertenece. La belleza proviene del objeto pintado, grabado o esculpido que se halla ante nosotros. Y esta luz distingue la obra maestra de una obra mediocre.
El placer que proporciona esta luz de la belleza es el de un sentimiento de elevación, el placer de entrar en una esfera más alta que la de nuestra cotidianeidad. El sentimiento de lo Bello es, como decía también Kant, una facultad particular del espíritu humano.
Esta facultad nos abre una estrecha y sorprendente ventana sobre otra esfera, sobre un vacío del que no sabemos nada, pero que es exterior a la condición humana, a nuestros sentidos y a nuestra razón. La facultad de saborear lo Bello opera un salto sobre un vacío misterioso, situado más allá de las fronteras de la mediocridad humana, de lo finito. Porque nosotros somos incapaces de explicar lo que realmente es la belleza de la obra de arte, de analizarla, de reducirla a una técnica. Sólo un instinto que denominamos ‘genio’ lo consigue, pero sin saber cómo.
El placer de lo Bello, de la contemplación de la belleza, de sentirse envuelto por ella, ese placer angelical que consiste por un instante superior o cuando menos exterior a la condición humana, no se parece a ningún otro. La belleza confiere a las cosas un interés que resulta inexplicable, puesto que no sirve para nada, pero que por ello no deja de existir. Existen actitudes, actividades o posicionamientos que tal vez aparentemente no sirven para nada, que no podemos colocar en un fichero Excel, pero que, a pesar de ello, nos procuran satisfacciones íntimas que nos hacen mejores y que contribuyen a hacer un mundo más digno y más habitable. El arte es pues, y a la vez, una actitud, una actividad y supone un posicionamiento que permiten elevarnos y elevar nuestro entorno.
El arte es el camino a la búsqueda de la belleza, es el testimonio de nuestra dignidad y es también un placer, un placer que debe aprovecharse y que debemos compartir.

Etiquetas: Arte, belleza, placer

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