Arte / Poder

Arte / Poder

Asistimos, de forma periódica, a grandes explosiones mediáticas relacionadas con una determinada actividad, que sabe concentrar y multiplicar por un instante las angustias, envidias, pesadillas, altisonancias, obsesiones y chiquilladas de las personas que se mueven en las plataformas públicas del mundo del arte.

Puestos en la tesitura de que hoy en día se considera arte todo aquello que hace alguien que se considera artista, está claro que las consideraciones estéticas y éticas tienen poco campo por recorrer si aquéllos que podrían sostenerlas no quieren ser etiquetados inmediatamente como un freno a la libre expresión, o como muestras de intolerancia de gente que no sabe adaptarse a los tiempos que corren o, todavía peor, de agentes de la censura. Y ante este panorama cada vez hay menos gente que ose decir que una determinada escultura no es más que una falla mal hecha, que una pintura tiene problemas de definición técnica o que una determinada instalación es más propia de un rastrillo. Se impone el silencio para que algunos puedan disfrutar de sus cinco minutos de gloria y para que otros puedan aparecer como modernos a bajo coste.

Los que abominan de la censura, ¿querrían que los demás se impusiesen la autocensura para no expresar lo que realmente piensan, pero que no está bien visto por las corrientes mayoritarias de pensamiento y/o, especialmente, de expresión o por los partidarios de la modernidad sin fronteras o por los que están muy presentes en los medios o cercanos a los poderes mediáticos pero que, tal vez por eso, se oponen a cualquiera que pueda tener poder, del tipo que sea?

En realidad cuando se hacen llamamientos a salvar una institución relacionada con el arte, cuando se hacen proclamas a favor de la ‘gestión democrática’ de los museos o cuando se apela a la libertad de expresión al margen de cualquier consideración estética y/o ética, en realidad no se está hablando de arte, se está hablando de poder. Porque el poder tiene muchas formas y se puede presentar bajo múltiples ropajes.

Cuando la casta de las castas, ergo el mundo académico y crítico, hace estos llamamientos cuasi-libertarios, uno no sabe dónde ponerse para que las furias desatadas no le acaben chamuscando. Sería glorioso si no fuera tan patético. Cuando alguien osa referirse a bandos, y señalar a los que hipotéticamente pasan de bando, estamos ante uno de los más lamentables espectáculos de la miseria humana. Las ganas de apuñalar, escondidas tras las grandes palabras, ampulosas y gloriosas; la envidia camuflada de altruismo; la presencia pública prolongada y buscada bajo el manto de la modestia y de la causa colectiva; el instinto de supervivencia y de querer aparentar bajo la capa de la magnanimidad y de la democracia participativa…no son más que espectáculos de cabaret…pero, de un cabaret sórdido.

En los patronatos de entidades artísticas integrados por representantes de las instituciones democráticas, ¿cómo se pretende reforzar la ‘gestión democrática’? ¿Quién está legitimado para ello? ¿Quién integra el cuerpo de decisores? ¿Ante quién son responsables? ¿Cómo se les echa si las cosas no funcionan, porque se aplica, por ejemplo, un determinado tipo de sesgo selectivo?

Evidentemente, no se trata de no mover nunca nada (bastantes defensores tiene ya el status quo…), pero tampoco se trata de moverlo todo a bandazos. Que una cosa, institución, programa o responsable dure no es sinónimo de que las cosas estén anquilosadas y, sensu contrario, el cambio permanente no es bueno para asentar proyectos ni para llevar a cabo iniciativas que requieran tiempos y espacios. Frente el dulce far niente, bajo el pretexto de falta de recursos, necesitamos acción, mucha acción. Frente al baile permanente y a la feria de las vanidades, más o menos obscena, necesitamos criterio y serenidad, mucho criterio y mucha serenidad.

Etiquetas: Arte, Poder

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