Arte / política

La política, una palabra y una actividad que parecen ser malditas para algunos de nuestros ciudadanos, debería ser un símil de pensamiento noble y de acción noble al servicio de la comunidad. De todas las actividades por las que éstas se distinguen, la política es con seguridad una de las que más tienen a ver con el destino o con la voluntad de vencer a la muerte. En eso, la política está cerca del arte, de la creación y de la invención. Los artistas, los creadores, los inventores, los emprendedores e incluso los sabios no hacen otra cosa que enfrentar sus obras a la fatalidad y a la muerte, como lo hacen también los hombres y mujeres políticos…aunque hay que reconocer que sus esfuerzos son raramente coronados por el éxito…
Confrontados a esta posición, tal vez sería necesario convenir que la política y la creación deberían estar más asociadas. Aquello que han llegado a hacer de más grande, tanto la una como la otra, lo han hecho, en general, juntas. A mi entender, la guerra mútua y perpetua es absurda. Su reconciliación es siempre una victoria de la civilización, siempre que una no quiera servirse de la otra. Y he aquí el nudo de la cuestión.
Algunos, a pesar de todo, tienen tendencia a sostener que el artista es, y debería estar siempre, en contra del poder, porque de la misma manera que hay un lenguaje políticamente correcto, hay también poses ‘artísticamente correctas’. Ello significa que en general se está contento y se aplaude que el artista esté contra el poder y, a veces, que exprese aquéllo que nosotros no queremos/podemos expresar, especialmente en el caso de regímenes autoritarios.
Es cierto que algunas obras, como “Los castigos” de Victor Hugo o algunas canciones de Vinicius de Moraes, han sido escritas contra el poder, pero también es cierto que el techo de la Capilla Sixtina de Miguel Angel o “El burgués gentilhombre” de Molière no son obras nacidas de la revuelta contra el poder, y podríamos añadir en esta misma mínea el Taj Mahal o los techos pintados por Le Brun. Nos encontramos pues con el hecho de que es preciso matizar la respuesta: hay abundantes ejemplos por ambos lados.
También existe un temor en el sentido contrario: ¿el poder político no querrá dominar siempre al creador? ¿y eso, no estaría inscrito en la naturaleza de las cosas? La respuesta a estas cuestiones debería ser también ponderada. A mi entender, y continuando con los ejemplos citados previamente, Miguel Angel no era el esclavo del Papa ni Molière el de Luis XIV, pero también es cierto que bajo el Antiguo Régimen había pintores y músicos de corte, completamente ligados al poder y dependientes de él, pero contando entre ellos con hombres tan libres y combativos como Goya. Y hoy en día, aunque sin tener el título, hay muchos artistas dispuestos a servir el poder para poder así asegurarse un presente o para poder prepararse un futuro…
Una política de civilización consistiría, pues, a establecer una alianza de éxito entre los artistas, los creadores, los inventores, los emprendedores y los políticos (si podemos considerar todavía la política como un lugar de poder y no sólo como el lugar de su representación…).
Nos encontramos pues aquí, realmente, en el corazón del problema de las relaciones entre el individuo y la sociedad; y asistimos a la lucha entre dos corrientes: la corriente que intenta movilizar al individuo contra la sociedad y la corriente que intenta movilizar la sociedad contra el individuo.
El primero sólo habla de derechos. El segundo sólo piensa en los deberes. Ambos representan una amenaza para la civilización, para nuestra civilización. Cuando sólo existen derechos (como creen algunos artistas que se oponen sistemáticamente al poder político, aunque sea legítimo), no hay ningún tipo de vida posible en sociedad, porque se cae en una amargura paralizante. Cuando sólo existen deberes, como querrían algunos políticos respecto de los ciudadanos, el arte se envilece bajo el peso de las peticiones indignas del culto a la personalidad que no deja de ser la imagen de marca de los regímenes totalitarios.
La política de civilización, y cualquier otra política en el campo de las artes, debe basarse en la búsqueda de un equilibrio entre derechos y deberes; y a partir de esta premisa se puede comprender porque es capaz de tener tantos adversarios…
A mi entender, existe un papel social de los políticos, de los hombres de poder, y existe un rol social de los artistas. Pero si cada uno se encastilla en su ética y en su estética profesional, y quiere, como máximo, rendir solamente cuentas a los que se le parecen, apartándose para ello de la moral común, de cualquier tipo de responsabilidad social y cívica, las cosas aun irán peor. Me parece que ha llegado el momento de restablecer las conexiones entre el arte y la política, de acabar con los anatemas que proyectan los unos contra los otros, de proponer y no de añadir su voz a la letanía de las quejas y de los quejicas.

Etiquetas: Arte, política

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