Arte / trascendencia

Arte / trascendencia

Tanto el arte como la búsqueda de la trascendencia (a menudo manifestada en una religión) son experiencias que tratan de lo inefable. Pero el arte tiene una ventaja, y es que podemos teorizar mucho, podemos hablar de la naturaleza del arte o de los efectos que produce en el individuo y en la sociedad, pero por encima de todas estas reflexiones está la obra de arte, una obra que es tangible y codificable. La experiencia del que se acerca a ella es cierta y, además, si conviene, puede repetirla, y uno puede explicarla (o intentarlo) y puede divulgar su existencia para que otros disfruten también de ella.

En cambio, en la experiencia religiosa existe un elemento previo que es de naturaleza diferente: la fe. La creencia religiosa implica, necesariamente, creer, y creer supone un acto de voluntad por parte del individuo para hacérsela suya en algún momento, por más que esta fe y cultura religiosas le hayan sido propuestas en el ambiente familiar o social en que ha crecido.

Pero es asimismo cierto que tanto la religión como el arte apuntan a la trascendencia. No todo es como lo vemos con los ojos: hay vida, hay mundo más allá de las apariencias. El poema o el cuadro o el grabado dicen más cosas que las palabras o los trazos que los componen. De hecho, si tienen la capacidad de trastornarnos es porque tienen este poder y porque la persona tiene la sensibilidad para notarlo. Pero está claro que mientras que el poema y el grabado existen, la vida futura prometida no es demostrable ni comprobable en lo que respecta a nuestra posibilidad de conocimiento mediante los sentidos.

La experiencia religiosa la podríamos definir como la relación del individuo con Dios (intangible, indemostrable, pero conceptualmente identificable), con el infinito, con lo inexplicable. La religión puede ser analizada como un remedio civilizador contra el miedo a lo que nos es desconocido e indemostrable; y, en cierta manera, es el mismo camino que sigue el arte, y existen los espacios y los momentos en que ambas disciplinas se han encontrado en un frente común. De hecho, cuando alguien se siente atrapado por el ate, por el poder del arte, cuando se está cerca de lo inefable, lo que corresponde es reconocerlo e interiorizarlo. Uno debe dejarse empapar por estas sensaciones, porque esta inmersión nos hará más ricos, comprensivos y dialogantes. Del mismo modo, cuando alguien se siente arropado por la religión debe reconocerlo e interiorizarlo.

El arte, como el sentido de trascendencia, deben ser capaces de susurrarnos a la oreja, de embebernos y de acariciarnos en el sentido de prepararnos para plantear nuestro camino hacia la resolución de los grandes enigmas de la condición humana. El arte y la religión deben servirnos como herramientas para la construcción de unas personas y de unas civilizaciones mejores. De unas personas y de unas civilizaciones más armónicas, más pausadas, más reflexivas, más abiertas al disfrute de las maravillas de la vida, más empáticas. Y cada cual debe respetar sus ámbitos, sus modos y sus tiempos. Y si se mezclan, debe hacerse a mayor gloria de la creación y, si uno tiene sentido religioso, a mayor gloria de Dios y de sus criaturas, como Bach lo hacía: “soli Deo gloria”. Porque se sea devoto o descreído, del mismo modo que la música de Bach nos transporta por su fuerza inexplicable, el sentido de trascendencia nos transporta, nos une y nos hace libres, y todo a la vez.

Etiquetas: Arte, Trascendencia

Sin comentarios

Comentar

Tu dirección de correo no sera publicada.
Los campos obligatorios estan marcados con:


Puedes utilizar estas etiquetas HTML y atributos: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <s> <strike> <strong>