Arte / velocidad

Nuestra época es simultáneamente, según parece, la de la velocidad y la de la crítica de la velocidad. Todo va demasiado rápido, todo hay que hacerlo deprisa. No tenemos tiempo para nada, no tenemos tiempo para visitar una exposición, ni para viajar, ni casi para tener o cambiar de criterio…El tiempo ganado parece como si fuere tiempo perdido. Y como existe este vértigo del tiempo, de aprovechar el tiempo, todo el mundo parece obsesionado por tener y por recuperarlo.
A una cierta nostalgia de la lentitud, a acariciar el pensamiento de que todo va demasiado deprisa, se une el sentimiento de que todo podría ir todavía más deprisa. El defecto de la gran velocidad está, pues, más ligado a lo que todavía no nos da que a aquéllo de que nos priva realmente. Para muchos, la lentitud es un signo de nobleza y de desprendimiento, mientras que para los mismos la velocidad es todavía demasiado lenta. Paradoja suprema de gentes y tiempos acelerados. Y así acaba resultando que ninguna aceleración supone aliviar la impaciencia de querer haber llegado antes de haber salido.
Deberíamos ser, no obstante, conscientes de que la velocidad, por muy fantástica que sea, difiere por su naturaleza de la instantaneidad, que significa ubicuidad e intemporalidad. Aunque observando a algunos artistas y galeristas tengo mis dudas al respecto…Porque sea cual sea la velocidad de la velocidad, la velocidad va siempre menos rápida que el deseo, y por otra parte los medios que da no satisfacen nunca las expectativas que despierta. Y desde este punto de vista, desde luego, nuestra época no es diferente a otras.
Tal vez deberíamos alegrarnos de que el espíritu humano sea capaz de ver movimiento allí dónde no hay más que inmovilidad, y ello nos debería permitir constatar que una ilusión de este tipo no puede ser extraña a la propia ilusión artística que da a la ficción un poder de realidad incomparablemente superior a la simple y llana transcripción de los hechos.
A menudo un exceso de velocidad en la aprehensión de las cosas, en la propia interlocución del arte y con el arte, puede acabar con nuestra imaginación, puesto que ésta acaba siendo remplazada por la sensibilidad que, en la confrontación con lo real, acaba permitiéndonos obviar la economía de la decepción. De tan deprisa que vamos, no tenemos tiempo de asumir la carga de una obra o de dialogar con ella, nos pasamos de frenada (que es lo que tiene un exceso de aceleración), con una ojeada veloz establecemos un criterio exclusivamente basado en un acto reflejo, y no tenemos tiempo ni de contemplarlo, ni de maravillarnos o de decepcionarnos ante una propuesta artística determinada.
¿Podemos todavía hablar de aceleración del tiempo cuando nuestra espera es reducida a la nada? El término aceleración, ¿es adecuado para expresar la supresión de los intervalos, cuando literalmente no hay ni pausa ni respiro y pasamos sin detenernos ni asosegarnos de una cosa a otra, de una obra a otra? ¿Cómo podríamos denominar a ese tiempo que sustituye el éxtasis de lo inmediato a las delicias de la espera? El todo, aquí y ahora, como símbolo de personas (y, por ende, de artistas) y sociedades aceleradas, el twitter mental continuo, reducen la posibilidad de éxtasis ante una obra de arte, ante una obra maestra.
Sin contemplación, ¿puede haber asunción de lo que el arte quiere transmitirnos? Sin sosiego, ¿podemos establecer una crítica o sólo podemos indignarnos, siguiendo estelas al uso? Sin discurso asumido, producido e interiorizado, ¿podemos hablar de algo con conocimiento de causa? Sin estudio, ¿podemos ir más allá de los tópicos y de las banalidades comunes? Sin el cultivo personal de las humanidades, y del arte entre ellas, ¿podemos ser buenos ciudadanos y tener una visión holística de nuestro ser y de la marcha del mundo?
Muchas cuestiones para tanta prisa, muchas preguntas para un ‘aquí te pillo, aquí te mato’ de consecuencias empobrecedoras…
Algunos acarician todavía la quimera de que suprimir el tiempo significa situar la distancia a distancia. De manera que el reto ya no consiste en comunicar y comunicarse, transmitir informaciones, compartir los lugares comunes de un saber colectivo, sino en acceder al otro tal y como es y no como mis sentimientos lo intuyen o dibujan. Y ello vale también para el arte, los artistas y sus obras.
Necesitamos, ciertamente, para asumir la obra de arte comunicar con ella, aprehenderla, estudiarla, criticarla y participar en la confrontación intelectual con otros. Necesitamos recibir y transmitir informaciones que nos permitan contrastar ideas y fijar posiciones consistentes y libremente adoptadas. Necesitamos compartir espacios de expresión y de reunión comunes que permitan el avance en el saber. Pero necesitamos más que nunca acceder a las obras y necesitamos estudiarlas tal y como son. Por eso, a menudo, un exceso de velocidad elimina la noción y la existencia de tiempo, y sin tiempo no puede haber ni producción ni difusión ni comprensión del fenómeno artístico.
En el mundo del arte, como en casi todos los aspectos de la vida, el exceso de velocidad se paga y los acelerones castigan nuestro motor mental. Hay que ponerse el cinturón de seguridad y estar atento a las señales, ¡ah!, y cuidado con las curvas que se toman demasiado deprisa y con la pista deslizante y cuidado también con los adelantamientos peligrosos. Los ‘fittipaldi’ del mundo del arte ya me entenderán…

Etiquetas: Arte, tiempo, velocidad

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