Ciudades de la estampa contrareformista

La Contrarreforma católica encontró en el Barroco su plenitud artística: el emocionalismo y el sentimentalismo, es decir, la voluntad de hurgar en el dolor, la aflicción, las heridas y las lágrimas. La Contrarreforma basó la propagación de la fe más en la emoción que en el pensamiento, desarrollando un arte emotivo, teatral, con un gran sentido escenográfico; un arte que se valía de la sugestión y del prestigio. Un arte que combinaba las artes de la arquitectura, la pintura y la escultura actuando sobre el espectador, invitándole a participar de las agonías y de los éxtasis de las representaciones del Cristo crucificado, la Virgen y los santos.

Refiriéndonos al mundo de la estampa, conviene recordar que la imprenta fue un instrumento útil de divulgación que permitió que las tesis de Lutero se difundiesen con una gran celeridad. Como reflejo de las condiciones sociales e ideológicas, se continuaron imprimiendo obras de carácter religioso, como biblias, libros litúrgicos y textos de doctrina cristiana, especialmente. Pero la producción de impresos más modestos se vio acaparada por la literatura de la Reforma y así fue como miles de folletos, opúsculos, sermones de Lutero y obras cortas de edificación espiritual inundaron el continente europeo y se transformaron en instrumentos de gran eficacia propagandística. Aunque también es preciso constatar que si bien el movimiento reformista propició la difusión del libro, el feroz ataque contra las instituciones monásticas comportó la destrucción de valiosos códices medievales e incunables.

 

De hecho, cada episodio de la Reforma puede relacionarse con la difusión de algún impreso: el de las 95 tesis y el de la provisión de Carlos V que ordenaba la quema de todas las obras de Lutero; las bulas que condenaban la difusión del pensamiento luterano y los pasquines que identificaban al Papa con el Anticristo; los acuerdos oficiales que decretaban los castigos a infligir a los herejes de uno u otro bando y las listas de libros prohibidos que debían ser entregados a las autoridades, etc.

Para ilustrar los libros que se producían a un ritmo acelerado, se continuó empleando la xilografía y, más raramente al principio, el grabado calcográfico. Los grabados se incluían en las portadas, combinados con orlas, títulos o escudos de armas. Las obras acostumbraban a ser identificadas mediante el grabado de un santo (en el caso de los países católicos) y se utilizaron figuras grabadas que se permutaban y ensamblaban componiendo, de este modo, unas ilustraciones que, si bien no eran muy elegantes, resolvían los problemas de los impresores.

Con la rápida incorporación de las técnicas de grabado a los sistemas de impresión, el libro se convirtió en un vehículo de transmisión de textos e imágenes. En una Europa con elevados niveles de analfabetismo, la producción de pliegos y estampas sueltas ilustradas con grabados constituyó un elemento determinante para garantizar el acceso de las clases populares al mundo de la imagen impresa. La posibilidad de reproducción múltiple de la imagen inherente a la técnica del grabado, se convirtió en un elemento de ruptura definitiva con la tradición de los siglos anteriores, impulsando de este modo la democratización de las representaciones gráficas y, al mismo tiempo, una densificación iconográfica de gran amplitud.

La atmósfera de lucha ideológica entre los reformistas y la Iglesia católica s trasladó al terreno de la impresión, ya que el invento se había difundido de tal forma que, en cuestión de pocos años, las principales europeas disponían de imprenta. En este sentido cabe afirmar que la imprenta y el desarrollo de las técnicas de grabado facilitaron el acceso a las tesis protestantes y a las consecuentes réplicas contra-reformistas.

Incluso en los centros de impresión se tomó partido, y se hizo de una forma tan clara que esta división acabó cobrándose víctimas, por ejemplo, entre impresores que trabajaban con obras objeto de censura, por uno u otro bando, y acababan siendo acusados de herejía o de ser papistas.

Pero si los impresores se vieron inmersos en esta vorágine y tomaron partido, los pintores y grabadores también.

Amberes, Roma y Sevilla, como centro de exportación para las colonias americanas de la Corona de Castilla primero, y de la Corona de España después, jugaron un papel determinante en el mundo de la estampa católica en la Europa moderna.

Esperemos que estas pinceladas ayuden al lector a situarse en la vida de la estampa en las encrucijadas del arte y de la historia en una época convulsa de la historia de Europa, pero testigo al mismo tiempo de la eclosión de nuevas tecnologías (la imprenta y la preponderancia del grabado calcográfico), de nuevas ideas (el Renacimiento y la Reforma) y de ampliación de horizontes (el descubrimiento de nuevas rutas a América y la aparición de nuevas formas de actividad comercial). Todo ello, además, en un contexto de pugna ideológica y doctrinal, y de guerras, pero también de cénit de la creación artística y de aproximación al conocimiento.

Para ver el artículo completo, pueden consultarlo en nuestra Web: http://www.gelonchviladegut.com/es/gelonch-viladegut-ciudades-la-estampa-contrareformista/

 

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