Crisis y Crítica

Grabado anónimo representando a Pierre Baylec, 1685.

Grabado anónimo representando a Pierre Baylec, 1685.

A menudo tengo la impresión de que hay textos que dicen lo que uno quisiera decir y que lo expresan de mejor manera de lo que sería capaz de hacerlo uno mismo. Éste es justo el caso del texto que Marina Garcés publicó en el periódico en catalán Ara el pasado 25 de enero, y que reproduzco en su integridad, con la esperanza de que despierte entre los lectores de este blog el mismo interés que me despertó a mí. Tal vez no esté de acuerdo con todo, pero me gusta el enfoque y las ganas de avanzar que sugiere.

“Crisis” y “crítica” comparten raíz griega. Y son del mismo tronco que el verbo krinein, que significa discernir, separar o decidir. Una crisis es una situación en la que un cambio brusco no sabemos si se resolverá de forma favorable o adversa. Hay crisis de salud, bélicas, económicas, políticas o personales. Y la crítica es una actividad que consiste, precisamente, en atravesar los pros y los contras que confunden o paralizan una situación para ir más allá con criterio. Criterio… otra palabra de esta interesante familia.
Desgraciadamente los tiempos de crisis no son buenos para la crítica. Lo estamos viendo, aquí y en los países vecinos. En la incertidumbre, gana el miedo. Y en la indefinición, el oportunismo. El combate de ideas se transforma en una guerra de opiniones y de posiciones en la que el único objetivo válido es atacar al adversario y hundirlo. En lugar del combate para encontrar criterios, se va a la guerra para imponer condiciones. La crítica, entonces, queda reducida a un juicio de salvación o de condena. Como el dedo hacia arriba o hacia abajo de las redes sociales, que en tiempos de los romanos era el gesto que enviaba a los gladiadores a los leones o permitía salvarles la vida. Ahora, con un “Me gusta” o “No me gusta” hacemos lo mismo: nos salvamos o nos condenamos sin tener que dar explicaciones. Con un simbolillo en la red, o mediante siglas y banderas políticas, o con un kalaxnikov.
El año 1697 hizo furor un libro que se leyó en toda Europa: el Diccionario histórico y crítico de Pierre Bayle. Bajo la forma de un diccionario erudito, este libro se convirtió en el arsenal de armas más importante de la Ilustración. Mostró que en la guerra entre fracciones, que en aquellos tiempos significaba guerra nacional y de religiones, los soberanos podían tener más armas, pero no más fuerza Que en la guerra de unos contra otros, sólo había una posición vencedora: la de los que eran capaces de ir más allá por sí mismos. Por ello, no mucho tiempo después, otro francés ilustrado, Diderot, puso en boca del pensamiento crítico la conocida expresión: “Yo soy el señor de vuestros señores”.
La crítica no es una posición fija, es un arte: el arte de los límites. Para practicarlo, debe estarse dispuesto a ir al límite de lo que somos y de lo que sabemos. Es preciso perder el miedo a cuestionar estos límites y a preguntarnos quien los ha construido y cómo hemos llegado a aceptarlos. Y, finalmente, es preciso desarrollar una inteligencia que no acepta otros criterios y razones que aquéllas que podemos llegar a revisar juntos, sin prejuicios ni garantías. Os imagináis un tertuliano diciendo a otro: “¿Vamos a examinar juntos lo que pensamos, a ver si somos capaces de pensarlo de otra manera”?”.

Nihil obstat.

Etiquetas: crisis, Crítica

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