Crítica de arte y mercado del arte

La prensa está en crisis, en una fuerte crisis. Está financiada mayoritariamente no por los compradores con ganas de leer sino por los publicitarios que quieren asociar la imagen de sus productos a una cabecera de prestigio.

Se leen menos novelas, y todavía menos los libros de ensayo. Y es teniendo en cuenta este panorama que debemos admitir que la crítica de arte se halla en un mal momento. Pero la crítica de arte es también víctima de su propio narcisismo. Durante mucho tiempo, el uso de las palabras en esta disciplina producía un estilo confuso, profuso y difuso, que pretendía mostrar el elevado nivel de ciencia del autor.

Esta ‘crisis’ de los textos incomprensibles de los críticos de arte continua existiendo, y para darse cuenta sólo hace falta leer los comunicados de prensa de algunas galerías de arte contemporáneo, porque para algunos parece vigente la máxima de que ser incomprensible es un signo de calidad. Aunque también podría ser que lo que esto quiera evidenciar es que la única cosa que cuenta de la crítica de una exposición es el hecho de que salga en un periódico, es el simple hecho de que se hable de ella, bien o mal pero que se hable de ella.

Porque otra cosa que puede tener incidencia en el buen desarrollo de una exposición es el lugar dónde aparece el artículo. Y en esta línea que se considera que la presencia de una foto y su formato, el título y el subtítulo tienen la máxima importancia.

Tal vez sea una observación cínica, pero lo es a fuer de realista.

Al mismo tiempo, y desde los años 80, se desarrolla paralelamente otro fenómeno: la toma del poder por las casas de subastas en el imaginario del gran público. Sólo es preciso fijarse en los catálogos.

Antes, los catálogos de las subastas de arte estaban destinados a los iniciados, había muchas abreviaciones, pocas imágenes, a menudo en blanco y negro, un papel poco lujoso. Pero a partir de los años 80 las grandes casas de subastas han trabajado duro para aumentar sus audiencias. No lo han hecho desarrollando un gusto auténtico por el arte, porque no deja de ser un hecho que el círculo de las personas realmente atraídas por la pintura y la escultura es limitado, pero hay que reconocer que han conseguido atraer nuevos públicos.

Un público tal vez a la búsqueda de honores, de un tratamiento VIP, de cenas y cocktails. Hasta los años 80 las casas de subastas privilegiaban a las antiguas familias aristocráticas, pero después se ha producido una verdadera democratización: las casas de subastas, las grandes casas de subastas a nivel internacional, han sabido atraer a sus salones a gente rica con ganas de reconocimiento y de presencia social.

Y para este tipo de personas, la informacion debía ser más accesible. Para eso se han diseñado nuevos catálogos de ventas, que son una mezcla de catálogos de venta por corrspondencia, de revista de decoración e incluso -tal vez- de revista de arte: fotos grandes, papel de lujo, comparación entre el cuadro de un artista con el de alguno de sus predecesores para dar prestigio histórico a la pieza, cuadro situado sobre una pared para poder apreciar el efecto decorativo, y texto de descubridores sin par, como coleccionistas de prestigio con un supuesto buen ojo y de algunos críticos de arte, que continuan produciendo textos hiperbólicos.

Y así es como el círculo se cierra: ¿la crítica de arte al servicio del mercado del arte mediante la aportación de su peso intelectual como símbolo de prestigio? ¿o un mercado del arte que puede ser el último espacio de presencia constante y sin limitaciones de la crítica de arte? ¿o ambas cosas a la vez? Otro apasionante debate por abrir.

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