El techo de cristal y el arte contemporáneo

Para tener el privilegio de tener una retrospectiva en el Centre Pompidou de París cuando se es una mujer artista, es necesario esperar 94 años como Aurélie Nemours, una de las grandes figuras del geometrismo abstracto de después de la guerra, quien la tuvo en 2004.

Hay algunas excepciones a este malthusianismo artístico que se ejerce sobre las mujeres. Por ejemplo, el de Sophie Calle cuya puesta en escena impúdica de sí misma liga bien con nuestra época de hipernarcisismos. O como la de Annette Messager quien tuvo el privilegio de representar a Francia en la Bienal de Venecia del 2005. Pero no dejan de ser excepciones más bien raras. Porque para quien visita un gran museo de arte contemporáneo la historia del arte parece escribirse en masculino.

Y sin embargo las mujeres, cuando menos después del fin de la segunda guerra mundial en que han sido más numerosas a cambiar su papel de musas o de modelos por el de creadoras, han contribuido a enriquecer la escena del arte diversificando las prácticas. Algunas de entre ellas han sido incluso más audaces que los propios hombres.

La ausencia de reconocimiento institucional las ha incitado a tomar riesgos: a explorar nuevas modalidades de expresión, a intentar la aventura con nuevas herramientas mediáticas, a imaginar otras proposiciones formales, a aumentar la diversidad de los temas, a mover las fronteras entre los géneros, las corrientes, las tendencias…Más individualistas por necesidad, han acabado siendo más inventivas y a menudo más valientes en lo referente al compromiso con su trabajo.

Esta fuerza, esta riqueza, esta vitalidad, no ha escapado a los responsables de las adquisiciones en los centros de arte contemporáneo estos últimos 30 años. Valga como ejemplo la lista de obras compradas por el Centre Pompidou en este lapso de tiempo. Todas las mujeres artistas cuya producción ha captado la atención de los críticos, de los comisarios de exposiciones, de los responsables de las grandes manifestaciones artísticas, figuran en esa lista. Pero si ésta se observa con mayor atención, puede percibirse que este impresionante catálogo es mentiroso porque, en relación a la totalidad de las colecciones, las obras producidas por mujeres no representan más que el 18%, y, además, uno descubre que, en general, estas obras están poco expuestas, y duermen en las reservas del museo.

Desde finales de los años 60 del siglo XX, en Estados Unidos, el movimiento “Women Artists in Revolution” hizo figurar entre sus numerosas reivindicaciones la premisa de que los museos debían estimular las mujeres artistas a superar siglos de ostracismo mediante una política expositiva basada en la paridad, tanto en lo que se refiere a las exposiciones, como a las compras públicas como en la composición de los comités de selección. Este proyecto político contra la discriminación de que eran víctimas las mujeres artistas quería permitir el paso de la invisibilidad a la visibilidad. 50 años después, es justo reconocer que su combate tiene razones para continuar.

Es cierto que el contexto no es, ni de lejos, el mismo y que tal vez no se necesiten gestos tan audaces como demandaba el militantismo feminista de los años 60, pero también es cierto que hay todavía mucha lucha por delante y muchos márgenes para mejorar. Contra la desvalorización como norma en tiempos pasados, se trata de reconocer las obras de las mujeres artistas en su justo valor. Contra el silencio clamoroso que marca su lugar en la historia, se trata de evidenciar el papel eminente que ha sido el suyo. Contra la idea de querer hacer creer que existe una práctica del arte y una estética propia de las mujeres, que se manifestarían en arquetipos formales y estéticos, debería contraponerse la realidad de que las mujeres artistas han utilizado todo tipo de materiales, de técnicas, de temas…Pongamos en marcha un proyecto de justicia histórica y sociológica.

Ahora bien, no caigamos tampoco en el revisionismo. Éste consistiría en contar otra historia del arte, una historia en femenino, que no sería ni más justa ni más legítima que la otra. Porque, en definitiva, es a la misma historia del arte a la que han contribuido los artistas hombres y las artistas mujeres, y esto sería una gran victoria del conocimiento sobre los prejuicios.

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