Henri Matisse, grabador

Henri Matisse, grabador

Parece imposible que quien quiera descubrir, comprender y estudiar la obra de Matisse no contemple la dimensión esencial que el grabado aporta a la paleta de artes desarrolladas por el artista.

Matisse situó al grabado en el mismo plano que el dibujo, en coherencia con su posición sobre la igualdad que confirió también al resto de las artes: la pintura, la escultura y, más tarde, los papeles ‘découpés‘. Como él mismo afirmaba, “la obra es la emanación, la proyección de uno mismo. Mis dibujos y mis telas son trozos de mí mismo. Su conjunto constituye Henri Matisse”.

Matisse consideraba pues que el grabado por sí mismo, por sus múltiples posibilidades y por la diversidad de sus prácticas, era otro instrumento para trabajar su trazo. Los grabados le permitían desarrollar investigaciones sobre un tema, que presentaba en series cuyos temas y motivos podía trabajar de forma paralela a lo que hacía en pintura, escultura o dibujo, de manera que la práctica de una técnica enriquecía al resto.

Por ello es posible constatar las influencias y las interacciones entre las diferentes técnicas del grabado y el dibujo, la pintura y la escultura de Matisse en el marco de las series y temas que trató. En sus primeros grabados (1900-1904), sus autorretratos hay que compararlos con los retratos que pintaba en ese período, y por eso podemos afirmar que sus autorretratos tenían el mismo vigor que sus cuadros ‘fauves’. Más tarde, entre 1922 y 1938, sus litografías, aguafuertes y puntas secas están en concordancia con sus cuadros de odaliscas y arabescos, y así, por ejemplo, nos encontramos con una serie de 1929 en la que declina el tema del ‘bocal de poissons’ (pecera), un tema que ya había tratado brillantemente como pintor en 1912. De esos incesantes intercambios, reinicios y relecturas nacen una dinámica y un movimiento determinados, construidos a partir del trabajo y de la maestría, y que excluyen la espontaneidad como método.

Es apasionante constatar cómo sus primeros grabados (cuatro puntas secas), que representan a Henri Matisse grabando, son de hecho un homenaje a Rembrandt y su autorretrato de 1648. Punto inicial de una obra que contará 829 estampas, cuya gran mayoría se referirán a la figura humana. Con sus autorretratos, Matisse se emancipa de la forma tradicional y se compromete en una nueva vía, haciendo causa común con Delacroix.

En 1907, Matisse practicó otra técnica, la madera grabada. En la xilografía, encontró la posibilidad de conseguir una expresión concordante con su experimentación del color, practicada dos años antes en Colliure, con el fovismo. “El negro es un color“, es una frase que se erigirá en piedra angular de su obra. Considerar el negro como un color le permitirá crear nuevos equilibrios y nuevas tensiones.

El negro viene a inscribirse en “el cielo blanco de la hoja“, como escribirá Aragon. El equilibrio que Matisse quiso instaurar entre su dibujo y la página, lo buscó también entre el negro y el color. A lo largo de su vida encontraremos siempre esta búsqueda de equilibrio, esta voluntad de armonía.

Incluso en sus libros ilustrados (noventa en total), esta búsqueda es constante. La relación que estableció entre el negro del texto y el color de los papeles recortados en Jazz le servirá de modelo para la elaboración de su mejor obra: la Capilla de Vence. Allí, se instaurará una relación entre el color de las vidrieras y el negro y blanco de las cerámicas…

Matisse trabajó a lo largo de su vida diferentes técnicas: la punta seca, el aguafuerte, el aguatinta, el monotipo, la xilografía, el linograbado, la litografía,…Y a partir de esa diversidad, a partir de su voluntad experimentadora, Matisse hizo de su trabajo sobre el retrato y de la sublimación del negro, la base de multitud de temas estampados, lo que viene a demostrar el carácter nuclear de esta “cara oculta” de la obra de Matisse. Así como el negro y el color se apoyan y se equilibran, el grabado acompañará y completará la pintura y la escultura del artista a lo largo de su vida.

Recorrer su obra grabada permite, pues, tomar consciencia de la multiplicidad de talentos del maestro Matisse, de su genio precursor, de su libertad completa, y confirma la aportación esencial de Matisse a la historia del arte.

 

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