La banalización del arte

Varias veces y en diversos artículos he cuestionado el papel de la cultura, incluso sobre una definición de aquéllo que hoy se entiende por cultura. Mirando papeles, he encontrado una definición del compositor Benet Casablancas que me ha gustado especialmente. Dice el maestro que “la cultura son aquellas herramientas que permiten a la persona realizar su potencial, reconocerse a ella misma y ejercer su libertad en una convivencia feliz y fecunda con sus ciudadanos”. !Chapeau!
Y asimismo otras veces me he preguntado sobre para qué sirve la cultura hoy en día. En este caso he encontrado la respuesta releyendo unas declaraciones del director teatral Xavier Albertí. El sostiene que la cultura sirve para recordarnos que hemos de morir; para crear a partir de lenguajes convencionales, realidades que forman pensamiento; para sentirnos miembros de una colectividad, tan grande o pequeña como la necesitemos; para sentirnos inscritos en unas tradiciones que nos ofrecen su patrimonio histórico y la posibilidad de dialogar con él; y, para elaborar el balance entre ética y estética y producir nuestra ideología. !Sombrero!
Ante estas dos citas es preciso constatar que es evidente que hoy en día existe un consumo de productos denominados culturales que no tienen nada que ver con los productos profundos e imprescindibles que la cultura nos ofrece para entender, cuestionar, modificar, crear o conformar la personalidad intelectual de cada individuo.
¿Y porqué hemos llegado a esta situación? Pues porque estamos confrontados al relativismo de los valores, al descrédito y debilitamiento del pensamiento y al desprestigio de las Humanidades, de modo que hemos acabado sometiendo la capacidad de la cultura a interpelar la condición humana al peaje del utilitarismo más inmediato y a la pérdida del prestigio social del esfuerzo continuado en la investigación de la excelencia (a pesar de los panegíricos que se hacen para el propio auto-consumo o para la propia vanidad°: y, por otra parte, está claro que estas tendencias no son, !ay!, exclusivas del sector cultural. Y, probablemente, en estas pérdidas, en este balancearse en la facilidad, radica una de las causas de la verdadera crisis que padecemos: la crisis de esperanza en el futuro.
Y tal vez otra parte del problema radica en el hecho de que se ha querido oponer la cultura popular a la alta cultura, y a que a ésta se la ha querido marginalizar. Como Jordi Llovet, en su libri “Adiós a la Universidad”, soy un partidario acérrimo de todas las manifestaciones de la cultura popular, pero a la vez soy un firme defensor de aquéllo que se ha convenido en denominar como alta cultura. Estoy convencido que una civilización se estanca en materia espiritual y en muchas otras dimensiones si no conoce y no es capaz de asimilar las más grandes conquistas de los pueblos y de las personas en un terreno más sustancioso y permanente que la crónica deportiva, las noticias del corazón o los cambios continuos de la economía y de las finanzas. Pero tal vez lo que falla en la base es la educación.
Si la educación (cuidado que no hablo simplemente de enseñanza o de instrucción) no es capaz de dar útiles para el discernimiento, resulta claro que en una época de reproductibilidad máxima de las expresiones culturales, vamos mal. En esta época en que las personas se enfrentan permanentemente a la difusión de todo tipo de escritos, fotos o videos, resulta que ello produce que vivamos a toda mecha pero que todo ello resulte a su vez banalizado. Porque, por ejemplo, todo el mundo se cree legitimado a declararse artista y a reclamar ese status.
Ha habido un trabajo sistemático de destrucción de todas las referencias y de los cánones, y ahora podemos ver los resultados. Dado que todo tiene el mismo valor, e incluso en algunos casos lo más antiguo deja de tener valor, se acaba creyendo que sólo interesa aquello que es actual, el espectáculo renovado cada día.
Porque si la cultura no se basa en el prestigio social de los creadores que se va renovando pero dando continuidad al cánon de la tradición cultural, acabaremos en una cultura de entretenimiento en la que el valor de la cultura se medirá solamente por el número de visitantes o asistentes o por los precios de las subastas. No es que quiera condenar la medida del impacto económico de la cultura, que he defendido muchas veces en este blog, sino que creo que también hay que tomar en consideración y valorar el impacto social de la cultura en general, y del arte en particular.
Este fenómeno de banalización de la cultura no es nuevo, tampoco hace falta exagerar. Desde Arniches hasta el pop y el rap, hemos observado fenómenos crecientes en pro de una profesionalización del creador cultural. Pero no deja de sorprenderme cómo algunos escritores, directores teatrales o artistas plásticos que comenzaron haciendo una obra rompedora e interesante acaban produciendo auténticos buñuelos porque se han comprometido a publicar un libro, hacer una exposición o hacer tres espectáculos por año tras firmar con un agente cultural, que sabía muy bien lo que firmaba. ¿Este fenómeno es nuevo? Pues tampoco, y en la historia del arte podríamos encontrar algunos ejemplos.
Nos hace falta, pues, una cultura de calidad, una producción artística de calidad, que puedan proporcionar significados a personas muy variadas y que sean capaces de construir elementos para la reflexión y para el placer de un amplio público. El problema de la banalización es que todo se acaba convirtiendo en previsible, y que entonces nos quedamos sin claves para enfrentarnos a lo imprevisible y para transformar aquello que es demasiado previsible.

Etiquetas: Arte, artistas

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