La bañera

El 21 de octubre del 2011, creyendo hacerlo bien, una señora de la limpieza del museo de Dortmund retiró la pátina roñosa de una bañera en caucha y situada bajo planchas de madera apiladas. Desgraciadamente, o no, la bañera en cuestión era una instalación, una obra de arte asegurada en 800.000 euros, que su autor, Martin Kippenberger, había titulado “Cuando las gotas de agua empiezan a caer del techo”.
No es la primera vez que una mujer de la limpieza comete una ‘masacre’ de este tipo por decisión propia. Si seguimos los periódicos, encontraremos que ya en 1986, ‘Fettecke’ (Rincón graso) un terrón de mantequilla pegajoso del artista alemán Joseph Beuys, instalado en el museo de Dusseldorf, también fue ‘limpiado’.
En realidad, tragedias de esta naturaleza suceden todos los días, y a cada instante, en el gran museo del mundo. ¿Cuántas potenciales obras de arte han seguido el mismo destino que ‘Fettecke’?
Si la destrucción de la bañera de Kippenberger fuese realmente una catástrofe, nuestro día a día sería una hecatombe en la que cada pequeña victoria de la higiene comportaría una nueva víctima…Hagámonos, pues, dos preguntas a este propósito:
a) ¿Qué diferencia hay, a parte del hecho de que la primera está en un museo, entre la bañera de Kippenberger (que denominaremos como bañera K) y nuestra propia bañera (a la que denominaremos como bañera X?
b) Si se admite que la bañera de Kippenberger es una obra de arte, ¿porqué su destrucción es menos grave que la laceración de la Gioconda, incluso para los defensores más acérrimos del arte contemporáneo?
Existe, a mi entender, tanta diferencia entre la bañera K y la bañera X como entre dos ejemplares de una misma idea que las sitúa como bienes particulares. De hecho, podríamos decir que la bañera X está todavía ligada al régimen de cosa útil del que el gesto del artista ha liberado definitivamente a la bañera K. Pero si sólo con no servir para nada fuera suficiente para ser una obra de arte, todo aquello que por su uso ha quedado superado entraría sin problemas en un museo. Si fuese suficiente el hecho de quitar a un objeto su utilidad para que se despertara el interés desinteresado que sentimos ante una naturaleza muerta o una escultura en mármol, llegaríamos a un momento en que produciríamos más obras maestras que basuras…
Tal vez sea ya el caso. Tal vez, embargados por la rutina, hemos perdido el gusto por mirar, por sentir, de entender y el gusto de probar…Y si, especulando sobre la reversibilidad de los hábitos y decidiendo tratar lo banal como si fuese único, ¿el arte contemporáneo tendría la gran virtud de abrirnos los ojos? Pues, mira tu por donde, estaría bien.
Pero resulta que, a mi entender, la inutilidad es una condición necesaria pero no suficiente para la creación artística. No basta con pararse sobre aquello que no sirve para nada para presentar ante todos el hecho de su presunta excepcionalidad, como no basta santificar las emociones para hacer de ellas una novela, ni de dar opiniones para hacer un ensayo, ni de expresarse para ser un artista. Pero como el arte contemporáneo ha quedado reducido, como dice Jean Clair, a “un idiotismo que expresa los caprichos infantiles de un individuo que se cree que no debe nada a nadie”, resulta que este arte se ha convertido en el teatro de una sorprendente inversión de las cosas de manera que acaba siendo más fácil ser artista que espectador.
El hermetismo y el elitismo que caracterizan al arte contemporáneo le vienen, paradójicamente, de una democratización del gesto del artista quien, remplazando el talento por el hecho de expulsar a veces de forma abrupta aquello que lleva dentro, parece estar dispensado de cualquier esfuerzo, empezando por el esfuerzo de intentar ser inteligible. Cuando todo el mundo puede llegar a ser artista, el arte no se dirige a nadie. El arte contemporáneo es una especie de ‘realismo democrático’ nacido del descarrilamiento de la igualdad de derechos en equivalencia (imaginaria) de los talentos.
Cuando el arte finge la sustitución de la imaginación por la sensibilidad hasta el punto de colocar bajo cristal (o al vacío) los objetos de la vida cotidiana, su genio se transforma en algo que se puede echar. Y entonces no deja de ser natural que alguien mee en el urinario de Duchamp o que alguien limpie la bañera de Dortmund, porque ambos han sido hechos para eso. Y no deja de ser sublime que una mujer de la limpieza, como el niño que pone de manifiesto la desnudez del rey en la corte, haya tomado, con buena fe, una bañera por aquello que es, es decir, una bañera.
Las producciones de arte contemporáneo piden ser tratadas como los objetos que son. Si se les protege, se les mata. Aquellos que consideran lo contrario juegan en realidad en dos tableros a la vez, el del comercio y el de la especulación, sin haber llegado a comprender la fuerza de un arte que museifica la cotidianeidad no para hacernos salir de ella sino para sumergirnos en ella.

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