La guinda de la tarta

La decisión en el ámbito de la política tiene como objetivo la elaboración de políticas públicas o bien, dicho de otra manera, de marcos institucionales que fijen las reglas de juego. Estas reglas, como es natural, suponen un análisis previo de la realidad, la búsqueda de las causas del problema, si existe, el cálculo de su impacto real en la agenda pública y se señalan las posibles vías para solucionarlo.

Si se abre, pues, el debate respecto de la financiación de la cultura, y de las artes en particular, sería necesario contar con estudios consistentes sobre los actuales modelos de financiación, sus posibles carencias y limitaciones, hacer un inventario de los modelos y experiencias existentes en nuestro entorno y que puedan ser interesantes y extrapolables; e el caso que se presente un nuevo modelo deberán describirse sus eventuales ventajas, establecer cuales serán las medidas de transición o de acompañamiento para la adopción de este nuevo sistema, y los procesos de consulta de todos los sectores implicados (y todos, ahora más que nunca, significa todos: gestores del sector público de la cultura, agentes del sector privado, organizaciones representativas, etc)…

Lo que no podemos permitirnos es que el debate no tenga lugar o que todos los agentes implicados no participen o que se haga un simulacro de participación o que el debate se base en la repetición de una serie de lugares comunes.

Pero si lo que se propone es un sistema mixto de financiación de la cultura (con responsabilidades y derechos tanto del sector público como del sector privado) quizá deberíamos empezar por reconocer que el régimen impositivo fiscal no ha tenido, ni probablemente tendrá, un peso determinante en la balanza de motivaciones de los eventuales donantes. De hecho, la tantas veces puesta como ejemplo generosidad anglosajona, no tiene como base principal los incentivos fiscales (por generosos que sean y por favorecedores que hayan sido para las grandes fortunas), sino una seria de factores, entre los que cabría destacar: la existencia de una cultura y de un ejercicio de la política que han incentivado el protagonismo de la sociedad civil; una colaboración, sin estériles a priori, entre el sector público y el sector privado en el ámbito cultural, sin mirarse uno al otro por encima del hombro; y por un conjunto de prácticas dirigidas a impulsar la transparencia, el buen gobierno y la rendición de cuentas de todas las instituciones, entidades y agentes.

De todos modos, debe señalarse que el mecenazgo privado no tiene un peso tan importante en los países europeos, como a veces se nos quiere hacer creer y que, de ningún modo, no puede prescindirse del importante rol que juega y debe jugar el sector público. Sobre la primera consideración, resulta interesante analizar las cifras del informe “Fomentar la inversión privada en el sector cultural”, publicado por el Parlamento Europeo en julio de 2011.

En este informe puede leerse que “la tendencia a exagerar el potencial del apoyo privado como alternativa al apoyo público resulta controvertida, porque los fondos privados disminuyen rápidamente en periodo de crisis y muchas conclusiones confirman que existe una correlación positiva entre las funciones del Estado y de la inversión privada en el mundo cultural”. Y efectivamente, el mismo informe pone como ejemplo al Reino unido, donde, aunque se pretende que la financiación de la cultura se sustenta en un modelo denominado ‘economía de tres pies’, en la que cada parte aportaría un tercio de los ingresos, la realidad es que la financiación pública representa una media del 53% de los presupuestos, los ingresos propios un 33% y la inversión privada un 15%.

Repito que creo que nadie puede estar en contra de mejorar el trato fiscal a las inversiones privadas en actividades artísticas y culturales, pero esta puesta al día fiscal para incentivar las inversiones privadas no debería servir, a mi entender, para disminuir la parte de inversiones del sector público ni para que éste claudique de sus responsabilidades básicas.

Si tomamos de nuevo como ejemplo el Reino unido, podremos ver como el diario ‘The Guardian’ ha analizado recientemente los recortes del Gobierno británico al presupuesto de cultura y el papel del mecenazgo. La periodista Charlotte Higgins entrevistó a decenas de mecenas para conocer sus opiniones respecto de si la filantropía podría salvar las artes. La respuesta de los entrevistados fue prácticamente unánime: nosotros no somos más que la guinda de la tarta; podemos financiar proyectos innovadores que los organismos del sector público no pueden arriesgarse a apoyar, pero las administraciones tienen la obligación de proporcionar la tarta. Una tarta hecha de equipamientos, personal, infraestructuras, programas,…

El sector privado debe ser la guinda de la tarta, pero ya se sabe que a menudo se come por la vista, y que muchos ojos se posan directamente en la guinda…!Cuidado entre todos a no romper los huevos antes de hora! No fuera que la guinda acabara siendo mayor que la tarta.

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