Lo que debería hacerse es…

"Pajar",  Joan Colom (c. 1950)

“Pajar”, Joan Colom (c. 1950)

Vivimos en un entorno en el que hay continuas muestras de solidaridad, de gente con ganas de ayudar y de gente que trabaja mucho…y así es como debe ser. Pero no podemos esconder que junto a estas acciones y espíritus positivos también existen personas insolidarias, que no sólo no ayudan sino que ponen tantos palos a las ruedas como pueden y gente a la que parece que no le gusta demasiado trabajar…y así no debe ser. Se me dirá que esto ha sido siempre así, y es cierto, pero ello no obsta para que reflexionemos acerca de por qué y cómo las cosas suceden y que podemos hacer para mejorarlas.

Estas actitudes también se dan entre las personas involucradas en los diferentes ámbitos culturales. No podemos olvidar que la crisis se ha manifestado con toda su crueldad en y contra estos ámbitos de la vida social (a menudo de forma injusta, arbitraria y desproporcionada), pero ello no obvia las responsabilidades de cada cual respecto de cómo encarar el trabajo y como socializar con el entorno.

Una frase que se escucha a menudo en estos ámbitos (musicales, teatrales, museísticos de la danza, del cine, de las galerías, etc.) es “lo que se debería hacer es…” Habitualmente este “debería hacerse” se refiere a terceros, próximos o lejanos, en una especie de auto-convencimiento respecto de que nosotros ya hacemos lo que toca pero que hay obstáculos endógenos que impiden que las cosas avancen, o que por lo menos lo hagan tal y como nosotros querríamos.

Aun otorgando que los factores externos existen –unos factores que pueden dificultar, enlentecer o impedir determinados procesos de avance (o que a nosotros nos lo parecen)-, esta manera de descargar las culpas sobre las espaldas de otros, también puede ser un modo de quitarnos las pulgas de encima para así driblar las propias responsabilidades. De hecho, considero, que muy a menudo el objetivo del sonsonete es éste.

Como colectividad tendemos a cargar las responsabilidades a terceros, estamos excesivamente pendientes de las directrices jerárquicas y de los líderes máximos, y nos gusta más improvisar que el trabajo constante. Tal vez precisaríamos de un poco más de calvinismo ambiente bien enraizado en las responsabilidades de cada uno de cara a la buena marcha de lo común desde el respeto, la tolerancia y tal vez con un poco más de individualismo (con moderación). Pero nosotros somos más adeptos de la romanidad…

Sea como fuere, y aceptando las bondades de la frase que da título a este artículo, creo que sería interesante que fuésemos más propositivos y positivos, en el sentido de que está bien marcar objetivos (y cuanto más ambiciosos mejor), pero que deberíamos también reflexionar y explicar el quién, el cómo, el cuándo y el cuánto de cada cosa. Tener ideas está bien, trabajarlas es todavía más útil y enrollador, pero, claro, cuesta más y es dónde se testan las verdaderas dificultades de un proceso.

En definitiva, y como en casi todos los órdenes de la vida (tanto personal como colectiva), necesitamos menos queja generalista, menos estar de brazos cruzados esperando que alguien nos dé la solución y menos hiperventilación momentánea y estéril que se agota en sí misma, y necesitamos más fuerzas de proposición que sepan asumir la totalidad de un tema e ilusionar al entorno para buscar una solución. Probablemente debemos repetirnos menos “lo que debería hacerse es…”, y repetir más la expresión “yo propongo o nosotros proponemos hacerlo así o asá”. Sería mejor para todos y para la moral colectiva.

Etiquetas: Cultura

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