Maldad

Maldad

La maldad, o el mal, es la palabra que determina la falta de bondad que alguien debería tener según su naturaleza o destino. O sea, que el mal es el valor otorgado a algo que reúne esa característica, a veces apartándose de lo lícito o honesto, perpetrando desgracia o calamidad, y convirtiéndose en consecuencia en una amenaza.

En un sentido amplio indica un juicio moral o ético negativo, a menudo utilizado para describir actos intencionales que son crueles, injustos o egoístas.

¿Porqué hablo de maldad? Porque existe, porque existe en Europa, hace daño y no tiene reparos en exhibirse. Maldad es la decisión adoptada por el Parlamento de Dinamarca el pasado 26 de enero, por la que la ley autoriza a las autoridades a quitar (se supone que temporalmente) los bienes de los refugiados que sobrepasen los 1300 euros.

¿Ha habido reacciones contra este ejercicio de maldad? Pues más bien pocas, en esta Europa miedosa y anquilosada, donde la seguridad se está imponiendo a la libertad por goleada, para nuestra vergüenza.

Algunos artistas, sin embargo, sí que han reaccionado, como, por ejemplo, el chino Ai Weiwei. Desde noviembre de 2015, una escultura monumental en bambú de doce metros de altura, suspendida ocho metros sobre el suelo, era la pieza central de una exposición que se presentaba en ARoS y que agrupaba a 24 artistas chinos. En un texto dirigido a la dirección de este museo, Ai Weiwei explicaba: “Estoy en estado de shock por la noticia de ayer [23 de enero]. Como consecuencia de esta decisión lastimosa, me retiro de vuestra exposición “Una nueva dinastía. Crear en China” para expresar mi protesta contra la decisión del gobierno danés”.  

En un texto publicado en su cuenta de Instagram, Ai Weiwei anunciaba también la anulación de su exposición “Rupturas” prevista para los meses de marzo y abril en la Fundación Faurschou de Copenhague. Y la misma galería enviaba un comunicado en el que afirmaba que: “Jens Faurschou comparte la decisión del artista y lamenta también que el Parlamento danés haya escogido una política simbólica e inhumana para hacer frente a la crisis humanitaria más grave que hay hoy en Europa y en Oriente Medio, en vez de ponerse en primera línea para ayudar a encontrar una solución europea respetuosa y resolver esta crisis urgente“.

En los micrófonos de la DR, la radio danesa, el comisario de la exposición, Jannie Hagemann, decía lo siguiente: “Todo lo que hace Ai Weiwei atrae la atención de la prensa internacional pero eso no hará cambiar la decisión del gobierno danés“. La misma decepción que expresaba Erlend G. Hoyersten, director del museo de Aarhus: “Estamos algo sorprendidos, claro. Somos un museo de arte, y trabajamos cada día para sensibilizar e invitar a una reflexión crítica del arte. Compartimos muchos valores con Ai Weiwei, respeto su decisión respecto de la política con los refugiados, pero también considero que es injusto que una nación sea penalizada a causa de la política que lleva a cabo su gobierno“. ¿ A esto no se le llama nadar y guardar la ropa?

No es la primera vez que Ai Weiwei tiene problemas en y con Dinamarca. Podéis releer como ejemplo el artículo “Censura china y estupidez nórdica” publicado en este mismo blog. El resumen de este artículo es que la sociedad de juguetes Lego, danesa, había rehusado vender unas piezas al artista porque éste las iba a utilizar en una instalación ‘política’. Este rechazo comportó una tormenta de críticas en las redes sociales y movimientos de solidaridad en todo el mundo que llevaron a la firma a tener que hacer marcha atrás en su decisión.

Ai Weiwei es un provocador eficaz que pone el dedo en la llaga de la maldad, en este caso de la maldad que, como el huevo de la serpiente, anida entre nosotros y que cubre al gobierno y a la sociedad danesas. Como en el drama de Hamlet, algo huele a podrido en Dinamarca…

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