Miguel Ángel y los grabados

Miguel Ángel y los grabados

La creación de grabados a partir de sus obras es uno de los procesos que contribuyeron al conocimiento de Miguel Ángel como figura histórica, pero este hecho interseccionó con otro proceso, las publicaciones escritas sobre su trabajo. La relación entre estos dos procesos no fue nada sencilla. De hecho, en el siglo XVI, la palabra escrita era el principal concurrente o alternativa respecto de los grabados como fuente de conocimiento de las obras de arte.

Por ejemplo, la grandiosa serie de biografías realizadas por Giorgio Vasari, y conocida como «Vidas de pintores, escultores y arquitectos«, publicada por primera vez en 1550, presentaba descripciones puntuales y certeras sobre un número significativo de obras de arte seleccionadas. Aunque pueda parecer un paso lógico, visto desde nuestra perspectiva actual, Vasari no dio el paso de presentar reproducciones de obras de arte importantes y apreciadas, y prefirió recomendar a grabadores de talento que lo hicieran. Probablemente consideraba que las descripciones escritas se adecuaban más a la presentación de las obras, y que eran mejores que las imágenes…

Además, en el siglo XVI los grabados también competían con copias hechas por otros medios (copias pintadas, dibujos copiados o copias dibujadas de pinturas y, aunque menos frecuentemente, incluso esculturas copiadas). Los grabados, no obstante, tenían la ventaja de que eran bastante menos caros puesto que al ser reproducidos de forma múltiple permitían tirajes de cientos o de miles de ejemplares.

Ciertamente, los grabados permitieron dar múltiples respuestas al trabajo de Miguel Ángel, y le permitieron ser mucho más conocido de lo que él habría imaginado jamás. Ello no significa, ni existe ninguna evidencia directa que pueda confirmarlo, que Miguel Ángel alentara la reproducción grabada de sus trabajos, pero al mismo tiempo, parece cierto, aunque sólo tengamos pequeñas evidencias de ello, de que él quería saber siempre si algún artista se determinaba a hacerlo para así poder calibrar y/o controlar su resultado. Sea como fuere, lo que es claro es que hay insinuaciones en sus biografías de que a él no le gustaba el arte popular y de que podría haber retrocedido en su intención de distribuir copias de su trabajo debido a la corrupción mercantilista y debido también al hecho de la autopromoción que los grabadores estaban haciendo y de la notoriedad que estaban adquiriendo a partir de su trabajo.

De manera que no podemos asegurar con certeza que el propio Miguel Ángel colaborara activamente con algunos grabadores como sí fue el caso, por ejemplo, de Rafael con Marcantonio Raimondi. Esta ausencia de compromiso activo en el proceso de grabado podría interpretarse como la razón principal por la que obras tan importantes como los frescos del techo de la Capilla Sixtina fuesen reproducidos muy a cuentagotas y con un importante desfase temporal respecto de la fecha de realización.

De todos modos, también es justo reconocer que el modelo de trabajo puesto en práctica por Rafael y Raimondi era francamente inusual, y es también preciso constatar respecto de este modelo que la mayoría de los grabados resultantes de esta colaboración no eran reproducciones certeras de trabajos finalizados de Rafael sino composiciones que el propio Raimondi iba creando ante la urgencia de la demanda. También llegados a este punto conviene recordar que la noción de reproducción fidedigna de una obra de arte no apareció hasta que los frescos de la Sixtina fueron completados en 1512. Y esta reproducción fidedigna no estuvo al orden del día hasta que a mediados del siglo XVI la industria del grabado estaba ya en expansión y muchos artistas comprendieron entonces los beneficios de tener sus obras correctamente reproducidas y disponibles.

Estas reproducciones grabadas, por lo general, se hacían respecto de nuevas obras, como una forma de hacer llegar al público las obras más recientes de los artistas. Tras la publicación del libro de Vasari, los grabados fueron utilizados para ir construyendo y para enseñar una especia de historia del arte.

Con este artículo me gustaría mostrar que los grabadores, editores y críticos fueron sólo una parte de este complejo proceso, del proceso que agrupa la selección, transcripción y distribución de que se sirvió Miguel Ángel para hacer que su trabajo fuera más accesible al público general y no solo a los mecenas, y para que fuera visible y reconocido en lugares en los que si no fuera por los grabados nadie conocería sus obras ni sabría de su existencia.

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