No son progresistas

En el artículo de la semana pasada, titulado “No son conservadores”, intentaba describir una serie de tics y de acciones que delatan que en Europa, en general, no estamos ante unas políticas conservadoras sino más bien dirigidos por unos retrógrados, y que eso es todavía más evidente, a mi entender, en España.
También es cierto que ya en aquel artículo destacaba que también podemos encontrar hoy en día en los campos de la gestión y de la creación culturales algunos personajes que parecen ir a la contra de los otros amparándose bajo la bandera del progresismo pero que no dejan de ser igual de ineptos, ignorantes o gandules como aquéllos a los que supuestamente critican. Escribía gráficamente que aunque la mona se vista de progresista, mona se queda.
Porque cuando se lanzan promesas a destajo, especialmente en el marco de campañas electorales, se está infantilizando a los electores, o intentando hacerlo (no sé qué es peor), y se están sentando las bases de las desilusiones y de las frustraciones posteriores.
Porque cuando alguien cree que los presupuestos públicos, especialmente en época de bonanza económica, son sólo orientativos y que se pueden estirar como los chicles, se están constituyendo enormes déficits que deberán pagar las generaciones futuras que no tienen ninguna culpa de la demagogia, del simplismo y/o de la ignorancia de estos supuestos gestores.
Porque cuando bajo los grandes conceptos, como ‘defensa del sistema público’, lo que se esconde es la defensa (o, tal vez mejor, la ofensa) del chiringuito propio, la falta de análisis, la incapacidad para planificar, estamos construyendo en realidad un sistema clientelar en que lo que queda es el status quo, el mantenimiento de los privilegios (por escasos que sean) o la perpetuación de los clanes y de un amiguismo tan antiguo como carca. Algunas veces tengo la impresión de que los principios del Conde de Lampedusa son más venerados por algunos de estos progresistas que por los propios nobles conservadores (que todo cambie, para que nada cambie…).
Porque cuando se habla con distancia y altivez, y se actúa con una especie de guantes asépticos mentales, de la posible colaboración con el sector privado, lo que se consigue es que éste se frustre, se indigne y, a la larga, acabe abandonando cualquier forma de cooperación, porque a nadie le gusta que te miren con cara de asco o de conmiseración. Con todo ello, se pierden muchas posibilidades de hacer cosas interesantes juntos, de modo que, probablemente, por culpa de los prejuicios de todos, acabamos haciendo cosas un poco debiluchas, cuando podríamos albirar horizontes más creativos.
Porque cuando se imponen políticas culturales centralizadoras o recentralizadoras, también desde el punto de vista del patrimonio artístico, lo que se hace es establecer una especie de elitismo, pretendidamente ilustrado, que define lo que es central y lo que es periférico y que siempre apuesta por reforzar la misma parte. Pero resulta que la mayoría de la gente siempre estamos en la otra.
Porque cuando se entra en una política de buenos y malos, en la que los buenos son los denominados progresistas y los malos todo el resto, se está dividiendo artificialmente el talento y se cae en los mismos errores que, aparentemente, se denunciaban de los oponentes. Cuando, además, todo ello se hace desde una posición de pretendida superioridad ética, uno no sabe si ponerse a reír o a llorar, visto lo que hemos visto y tragado.
Porque cuando el único objetivo es agradar a los nuevos mandarines de los diferentes sectores culturales, a los diferentes mandarines de los medios de comunicación que se interesan por la cultura (a pesar de que, a mi parecer, son más bien escasos y débiles) y al conglomerado ‘grandes’ coleccionistas-galeristas ‘de prestigio’-críticos de arte ‘independientes’-artistas ‘comprometidos’, la verdad es que la situación puede devenir esperpéntica, pero puede dar muchos réditos a algunos…y de diferentes tipos.
Porque cuando hay gestores de equipamientos y de establecimientos culturales (especialmente de titularidad pública) que duermen en la paja esperando que vuelva a salir el sol, pero que no son capaces de hacer nada para intentar obtener recursos alternativos, nuevos proyectos o nuevas ideas, lo que se está haciendo es imposibilitar la eclosión de nuevas vanguardias, la emergencia de nuevos artistas con nuevos discursos creativos y la misma presencia ciudadana del hecho artístico.
Porque cuando, a la vez, no se hace nada por recuperar el pasado artístico que tenemos pero se es incapaz de proyectar el presente con suficiente fuerza en los circuitos internacionales, nos hallamos justo ante la negación del progreso, un progreso que debe establecerse a partir de raíces sólidas y profundas que tiren la planta hacia arriba, hacia la búsqueda de nuevos soles y de nuevos planetas, de suelos y planetas de la creación y del intercambio artísticos.
Porque cuando la única política que se practica es el ir a la contra, quejarse de todo, no asumir riesgos, no proponer nada, defender la capillita, considerarse superior, sentir miedo a la confrontación abierta o renegar de la innovación y de los retos que suponen, por ejemplo, nuevos equipamientos, uno puede aspirar a denominarse progresista pero en realidad no lo es. El progresismo no es una etiqueta, el progresismo debe ser una actitud vital, debe ser la búsqueda constante, la obertura de espíritu, las ganas de saber lo que pasa en el mundo y de participar en ello. A veces pienso que aquí hay demasiado progresistas de boquilla o de carnet…a quienes no avalan ni los hechos, ni los pensamientos ni la mentalidad. Y así nos va.

Etiquetas: Arte, crisis, progresistas

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