O-Ei Hokusai, grabadora

O-Ei Hokusai, grabadora

Hokusai no es un artista más dentro del campo del mundo flotante. Es en sí mismo una isla, un continente, un mundo entero”, decía Degas. Hokusai introdujo en los ukiyo-e, esas estampas de la era Edo (1603-1868), escenas de lo cotidiano y los paisajes; se le atribuye además (de modo abusivo, a mi entender) la paternidad del cómic japonés, y ello gracias a sus Manga, unos carnets que mostraban el grado de agitación de sus contemporáneos; y el “viejo loco del dibujo” contó poderosamente en el despertar de Occidente al arte oriental, lo que se tradujo en su influencia sobre Degas, Toulouse-Lautrec, Monet, etc. Necesariamente, un monumento de estas características ensombrece a todos los que le rodean. Y es en la oscuridad donde debemos escarbar para encontrar a O-Ei, la tercera de las cuatro hijas del maestro. Pintora ella también, pero de la que sólo unas pocas estampas han resistido el paso del tiempo.

¿Cómo una artista de su talento, que era además la hija de un genio, ha podido ser tan olvidada? Los archivos nos indican, sin embargo, que ella realizó un gran número de obras y, según parece, un buen puñado de estampas, de las que Hokusai firmó hacia el final de su vida, las habría hecho su hija en realidad.

La historia de esta mujer pintora y grabadora se desarrolló en Edo, la actual Tokio. O-Ei vivía con su padre en una especie de chabola que les servía también como taller, en pleno corazón de la mayor ciudad de un Japón pacificado tras varios siglos de anarquía. Desde el debut de la dinastía Tokugawa, Edo no había parado de crecer y las clases urbanas desarrollaron allí una cultura propia, que dio como frutos el kabuki (forma teatral propia de Japón) y las estampas. Era una sociedad hedonista que podía resumirse con el concepto de “mundo flotante”, es decir, ese punto en que el budismo predicaba el desarraigo de los bienes materiales.

Educada en ese caldo de cultivo, O-Ei, quien fue siempre excesiva e independiente, no era de ésas que se dejan aplastar fácilmente por su padre para ir tirando y dedicándose a las labores de la casa como una buena chica. Más bien, decidió contribuir al bienestar familiar realizando los pedidos a los que su padre no podía hacer frente, y en paralelo a esta carrera hecha un poco bajo mano, decidió hacer sus propias obras, destacando especialmente en el retrato de mujeres de la burguesía y en las escenas eróticas, que fueron muy populares en aquella época.

Ese mundo flotante fue también permeable a lo sobrenatural, lo que es especialmente visible en las obras de O-Ei y de Hokusai. El arte es para ellos una tempestad, un torbellino dotado de poderes místicos, capaz tanto de inflamar como de apaciguar las almas. La pintura era de hecho una puerta que daba acceso a otro mundo, un mundo que era invisible para los profanos, pero en el que se desplegaban las manos balbucientes de alguien somnoliento, o bien dragones tempestuosos, y un mundo en el que todo aquello que había de yokai en el archipiélago, esas criaturas folklóricas, podía surgir en cualquier momento.

Aunque fueran considerados guardianes de ese universo fantasmagórico, Hokusai y su hija O-Ei no fueron nunca sacralizados, como si estuviesen situados fuera del mundo. Y ello fue así porque a mi entender, no tenían ni nunca tuvieron ni la consciencia ni la pretensión de ser unos artistas. De hecho, los ukiyo-e eran percibidos como elementos de diversión, sin más. O-Ei y su padre fueron unos artesanos que trabajaron con un amor y una destreza singulares. De todos modos, si se entrecruzan, es un hecho que el arte y el espíritu del artesanado no están tan alejados, pero me parece que el vocablo de artesano se les ajusta mejor en este caso. Todo ello corresponde en cualquier caso al lugar y al rol que ocupaban las estampas en ese tiempo, unos productos que eran percibidas a la vez como recuerdos de unas vacaciones, como decorados con tirajes a gran escala o bien como obras de encargo reservadas a los más pudientes.

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