Schiller y la misión del arte

Schiller y la misión del arte

No es fácil justificar el valor de la educación estética. Schiller, que fue un tenaz defensor de esta educación, nos hace una observación inquietante: “Debe darnos que pensar el que, prácticamente en todas las épocas históricas en que florecen las artes y el gusto domina, hallemos una humanidad decadente, y el que no podamos aducir un solo ejemplo de un pueblo en el que coincidan un grado elevado y una gran universalidad de cultura estética con libertades políticas y virtudes cívicas, bellas costumbres con buenas costumbres, y en el que vayan unidas la elegancia y la verdad del comportamiento[1]. La Florencia de los Medici o algunos aspectos y realidades de la España franquista podrían servir de ejemplo de ello.

Pero tal vez lo que sucede es que no estamos analizando bien el fenómeno, porque el mismo Schiller del texto anterior afirma, también apasionadamente, la función educadora del arte: “La necesidad más apremiante de la época es la educación de la sensibilidad, y no sólo porque sea un medio para hacer efectiva en la vida una inteligencia más perfecta, sino también porque contribuye a perfeccionar esa inteligencia…y de esa manera accedemos a nuestra verdadera naturaleza“.

Schiller no se está refiriendo en este texto a una obra de arte o a un artista concretos, sino a la necesidad de crear como característica de la naturaleza humana, porque para él la ‘belleza’ no es una propiedad real de los objetos ni una experiencia, sino una aspiración: “La belleza debe revelarse como una condición necesaria de la humanidad, y dado que la experiencia sólo nos muestra casos concretos de hombres concretos, pero nunca la humanidad entera, hemos de intentar descubrir lo absoluto y lo permanente de esos fenómenos individuales y cambiantes y, dejando de lado toda contingencia, apoderarnos de las condiciones necesarias de su existencia“.

A mi entender, pues, la creación artística es un gran ejemplo de la creación ética, entendida ésta no como un conjunto de normas o de códigos, sino como una invención de formas más nobles de vida. La ética supone el deseo de pasar de ser animales listos a seres dotados de dignidad y esta constatación no deja de ser una gigantesca invención y una descomunal creación.

Y, justamente la misión del arte, para Schiller, es despertar en el ser humano la nostalgia de una realidad superior, más bella. Es una llamada a la creación, que para él equivale a libertad: “En una palabra: no hay otro camino para hacer racional al hombre sensible que el hacerlo previamente estético”. Schiller está describiendo aquello en virtud de lo cual un ser humano hace algo que le trasciende, un ‘hacer algo con propósito’ basado en un dinamismo siempre precario y que puede colapsarse: “El ser humano, en su estado físico, soporta pura y simplemente el poder de la naturaleza; se libra de este poder en el estado estético, y lo domina en el estado moral“. Y es entonces cuando adquiere la dignidad: “Así como comienza a afirmar su independencia frente a los fenómenos naturales, el hombre afirma su dignidad frente al poder de la naturaleza, y se alza con noble libertad contra sus dioses“.

Resumiendo, ésta debe ser la evolución hacia la dignidad del ser humano. Comienza en el estado de naturaleza, alcanza la libertad en el estado estético y la culmina en el estado moral. Pasa de lo amorfo a lo que tiene formas; de lo material a lo espiritual; de lo necesario a lo libre; de lo pesado a lo ligero; de la rutina al juego; de lo vulgar a la dignidad. La obra de Schiller supone un canto a la capacidad creadora del ser humano y, por eso, es animosa y alegre, porque la creatividad enlaza con un permanente afán de superación, de ascensión y de crecimiento del ser humano.

[1] Todas las citas entrecomilladas en Friedrich Schiller, “Kallias. Cartas sobre la educación estética”, trad. y notas de Jaime Feijóo y Jorge Seca, Anthropos, Barcelona, 1999

Etiquetas: Arte, Schiller

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