Sobre Modernidad y Vanguardia

Kasimir Malevich "Suprematist Painting" , 1917

Kasimir Malevich “Suprematist Painting” , 1917

La modernidad es una cosa antigua. El término modernus aparece por primera vez en textos del político y escritor latino Casiodoro, en el siglo VI. Modernus para él es aquello que pone de manifiesto lo propio del modo, es decir, lo que manifiesta la cualidad de lo justo, lo que guarda medida, lo que queda contenido en la noción de reciente. Moderno no es aquello que anuncia lo que viene, sino lo acorde con el momento. Conforme al modus, que constituye la raíz de la palabra, moderno es aquello que encuentra la medida justa entre el tiempo que acaba de discurrir y el tiempo por venir.

Serán necesarios varios siglos para que este término se tiña de tintes polémicos y a mediados del siglo XII pase a designar a quienes, por oponerse a los antiqui en su interpretación de los textos sagrados, reivindican para sí el nombre de moderni. Durante ese largo período de tiempo, antiguo o moderno, seguirán siendo, más que algo positivo o negativo, dos formas de ser opuestas, dos modos de medir la relación con el tiempo. El término ‘moderno’ guardará durante todo ese tiempo, el significado del límite que no se debe franquear, así como del modelo a seguir. Como en el griego ‘arti’, la cualidad de lo moderno es ‘ajustarse’, ser la buena medida, la buena dosificación entre lo antiguo y lo bueno, un equilibrio en la relación con el tiempo…

No es sino en torno a 1830 cuando el término moderno acabará por significar lo contrario, es decir, la idea de búsqueda incesante y febril de lo nuevo, así como su exaltación. Antaño norma, equilibrio, mesura y hasta armonía acorde con el tiempo, lo moderno se torna a la inversa exceso, desmesura, inquietud y disonancia.

Sin embargo Baudelaire, el primero en usar la palabra ‘modernidad’ en su actual acepción (en “Le Peintre de la vie moderne”), para reivindicar con ella el particular valor de la estética de su tiempo, guardaba todavía en mente algo de su antiguo sentido. Baudelaire no deja de recordar al lector que “la modernidad nunca es sino la mitad del arte, la otra mitad es lo eterno e inmutable“. La postulación de lo actual, de lo efímero, el gusto por lo transitorio y fugaz, la necesidad de lo inaudito y lo nunca visto, todos esos rasgos de la vida moderna siempre deben venir, según Baudelaire, acompañados, pero a la vez mesurados, moderados, ponderados y justificados, por una postulación similar pero inversa de lo inmóvil y siempre presente.

El sentido de la modernidad es asimismo antinómico del progreso, esa ideología positiva, optimista y nimia tan propia de burgueses como de socialistas, según Baudelaire, que ignora la duda, la inquietud, la angustia, el dolor o la melancolía, y que de la vida no quiere saber más que porvenires triunfantes.

La protesta que Baudelaire eleva en nombre de la modernidad -ese término medio, ese equilibrio entre dos tensiones contrarias, la eternidad de la obra maestra y el estremecimiento pasajero del descubrimiento-, es la protesta de un clásico que recuerda la necesidad de respetar las intangibles leyes del gusto y de la lógica que rigen las artes.

De hecho, la metáfora de la vanguardia (tránsfuga del vocabulario político de los escritos de Saint-Simon) aparece en la crítica de arte por primera vez en 1845 en un panfleto de un ardiente defensor del socialismo utópico de Fourier, Gabriel Désiré Laverdan, sobre la misión del arte y el papel del artista.

La simultaneidad en la aparición de los términos modernidad y vanguardia en el vocabulario artístico no debe llevarnos a confundirlos, sino a distinguirlos. Mientras la modernidad, sentimiento de equilibrio acorde con el tiempo, es de cualquier época, la vanguardia está estrictamente vinculada al romanticismo del que constituye continuación y agotamiento. En particular viene ligada a la aparición -con Saint-Simon, Fourier y Proudhon- de unas ideologías del proceso social y político calcadas del progreso de los descubrimientos técnicos y que por su parte se inscriben en la tradición de la Ilustración.

De este origen doble y contradictorio han nacido las confusiones de las que hoy puede acusarse a la vanguardia. Por un lado pretende ser el laboratorio de la modernidad detentando la clave del desarrollo de las formas, pero por otro lado arraiga hondamente en el irracionalismo romántico. Sus avatares, errores y ambigüedades, sus compromisos y complicidades serán fruto de esa herencia doble y contradictoria.

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