Un enemigo del arte

Un enemigo del arte

“Un enemigo del pueblo” es una obra de teatro del escritor noruego Henrik Ibsen publicada en 1883. En la obra, el autor relata la historia del doctor Thomas Stockmann y de una ciudad cuyo balneario es la principal atracción turística y el motor de la economía local.

El Dr. Stockmann, una persona de firmes principios, descubre que en el agua hay una bacteria contaminante, capaz de poner en riesgo la salud de la población. A partir de ello se propone advertir a los demás acerca de semejante peligro.

Esta decisión le enfrenta a los poderosos de la ciudad y a los medios de comunicación, e incluso a su propio hermano, el alcalde. Los habitantes y las autoridades parecen más preocupados por los inconvenientes económicos que la desinfección del agua acarrea y por la posible pérdida de clientes del balneario que por la salud de las personas.

El doctor combate encarnizadamente contra los sectores poderosos de la comunidad, diciendo aquello que nadie desea oír. Se le señala como traidor y todo el pueblo confabula para hacer imposible la vida de Thomas y la de su familia, llegando incluso a ponerles en riesgo.

Esta obra bien pudiera haberse escrito en la actualidad por la vigencia de su trama, así como podría transcurrir en cualquier lugar del mundo en donde los intereses del negocio se anteponen a la protección de la vida y el medio ambiente.

Las obras de Ibsen siempre tienen un trasfondo de crítica social, y en ésta se expone el riesgo de que la democracia degenere en demagogia y sobre el precio que paga quien dice a viva voz eso que la mayoría niega. Una obra sobre el coste de airear la verdad cuando es odiosa.

La actualidad de Un enemigo del pueblo nos muestra a políticos expertos en dobles lenguajes, agentes de la recaudación a ultranza, medios de comunicación dóciles al poder y a su servicio, intereses particulares enmascarados bajo la noción de ‘bien común’,…

Disculpe el lector este largo exhorto sobre la obra de Ibsen, pero todo esto me ha venido a la cabeza cuando, puntual como los calores de mayo, me ha llegado una comunicación de la VEGAP (Visual Entidad de Gestión de Artistas Plásticos) en la que se me indica, con el tono imperativo e inquisitorial habitual propio de recaudadores sin manías, que tal vez deberé hacer frente al pago de una cantidad por unos denominados ‘derechos de autor’ sin precisarme ni la cuantía ni el objeto ni el concepto.

La VEGAP es una especie de bacteria que corroe la economía de coleccionistas y aficionados al arte, obligándoles a pagar unas remuneraciones a artistas –vivos o muertos- por la exhibición de sus obras. Como la encomienda dura hasta 70 años después del fallecimiento del artista, ello supone de facto una dificultad objetiva de divulgación de los artistas contemporáneos que se acogen a esta indemnización o peaje de corte feudal.

Para ayudar a los artistas, ¿no sería mejor facilitar la divulgación de su obra? Porque si aún puedo llegar a entender (me reconozco limitado) el pago a un artista vivo, ¿cómo puede justificarse este ‘pago en diferido’, que ni siquiera es un finiquito, a los herederos de un artista, que no hacen otra cosa que vivir de una creación que no han producido?

Los chicos de la VEGAP tienen buenos abogados y personal dedicado, tienen medios para presionar a los políticos, no suponen un problema para los económicamente poderosos y tienen, gracias a algunos de sus miembros, contactos privilegiados con medios de comunicación siempre dispuestos a ser ‘modernos’ y a ‘luchar por la cultura y los derechos de los artistas…’ ¡Lástima que olviden que sin mercado no hay artistas que puedan vivir de su trabajo, que sin clases medias no hay mercado sostenible y que con este sistema acabarán con los coleccionistas que no puedan hacer frente a estos pagos o no quieran hacerlo o, peor aún, decidan dejar de divulgar el trabajo de los artistas contemporáneos!

Si alguna vez alguien se toma en serio el tema de la abolición de los peajes, también deberá batallar para eliminar los peajes existentes en el sector cultural, porque a fuerza de expulsar a las clases medias acabaremos en una nueva edad media, con su obscurantismo, feudalismo y arbitrariedades… Malo es cuando los intereses del negocio se anteponen al arte y a la protección del arte.

Etiquetas: Arte, VEGAP

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