Gelonch-Viladegut, A: “50 Poemas de Pablo Picasso”

Recopilación a cargo de Antoni Gelonch-Viladegut,

Para la COLECCIÓN GELONCH VILADEGUT
Sant Cugat del Vallès, noviembre 2013

En 2008, Ana Nuño publicó un magnífico libro titulado “Pablo Picasso, Poemas en prosa” (Plataforma Editorial, Barcelona) , un libro que ha servido como base a esta antología de Poemas que ahora os presento.

La primera pregunta surge instantáneamente: pero, ¿Picasso escribía? La respuesta nos la da la propia madre del artista: “Me dicen que escribes. Te creo capaz de cualquier cosa. Si un día me dijeran que has oficiado una misa, también me lo creería”. ¡Olé! Bien, no sabemos si lo hizo…

Picasso comenzó a escribir en 1935, cuando ya tenía 54 años, no puede decirse que fuera precoz en la escritura…Y empezó a escribir porque atravesaba un período de crisis personal y de redefinición de su trabajo como artista. En ese período, Picasso dibujaba poco, apenas pintaba cuadros ambiciosos, y estaba dispuesto, como le confesó a su amigo Jaume Sabartés (amigo, secretario y mecanógrafo), “a dejarlo todo, la pintura, la escultura, el grabado y la poesía, para dedicarse exclusivamente al canto” (¡menos mal que no hizo ni una cosa ni otra!).

Picasso escribió poemas, con intensidad y casi a diario, en los años 1935 y 1936 y siguió haciéndolo, aunque con interrupciones, hasta 1959, fecha de su último poema conocido. Fruto de esa actividad hoy se conocen más de trescientos cincuenta poemas y tres obras de teatro, depositados en su mayoría en el Musée Picasso de París.

La mayoría de esos textos no fueron conocidos hasta 1989, cuando la editorial Gallimard publicó Écrits, una edición que corrió a cargo de Marie-Laure Bernadac y de Christine Piot. Una edición que incluye una descripción de los diversos estadios de los textos y en la que puede apreciarse la sorprendente diversidad de sus poemas, una diversidad que también caracteriza la obra plástica de Picasso.

Picasso escribía en español y en francés, combinando incluso las dos lenguas en un mismo poema e interactuando con ellas de muy diversa forma en cada caso. En español está escrita la mayoría de sus poemas largos, mientras que el francés fue para él la lengua de la experimentación por excelencia.

El Picasso poeta, como el Picasso pintor, no se reduce a una única modalidad de escritura. Muchos de sus poemas fueron escritos de un tirón, sin retoques ni revisiones posteriores. Tal es el caso de los que Androula Michaël denomina como los “poemas río” , en los que las palabras desfilan a toda velocidad, precipitadamente, como las “cosas” en sus cuadros. Un chorro de palabras que nada detiene y que resulta imposible puntuar, unos poemas que fueron escritos sin atender a una lógica consecutiva y que requieren una lectura ajustada al ritmo de su respiración.

Hay también poemas desglosados en varias versiones, algunas basadas en reajustes de versos o estrofas, otras en variaciones en prosa. En estos casos, la atención a aspectos compositivos, a la sonoridad de las palabras y a la estructura de las ramas indican que se trata de un trabajo más ceñido al quehacer poético clásico.

Por otra parte, la afición de Picasso por los juegos de palabras que ofrecen las lenguas ha quedado plasmada en toda una serie de poemas, que Michaël define como “poemas variaciones”.  Mediante la combinación de palabras y frases que se retoman y repiten en diferentes lugares del poema, Picasso se entrega a una experimentación basada en la distribución variable de sus elementos constitutivos.

Y puesto que para Picasso cualquier permutación es posible, algunos poemas reciben un tratamiento parecido al de materiales pictóricos ensamblados, de manera que combina elementos de naturaleza dispar (palabras, números, notas musicales), que proceden de vocabularios distintos, pero llamados a coexistir en una especie de collage. Gracias a ello, el texto adquiere una dimensión virtual poética.

Otro de los rasgos de la escritura de Picasso es la acumulación. Por lo general, escribía de golpe una primera versión, que posteriormente modificaba agregando material nuevo. Luego, al ponerla en limpio, volvía someterla a reescritura, lo que conllevaba todavía más añadidos. Cada vez que acometía una nueva versión (y por ejemplo, su poema en castellano del 24-28 de noviembre y 5,6, 24 de diciembre de 1935 lo llegó a reescribir hasta 18 veces), no sólo modificaba por completo el orden de la versión anterior, sino que insertaba nuevos elementos que desdibujaban o emborronaban el anterior sentido. El resultado que se observa es una escritura poética rizomática, plagada de senderos que se bifurcan.

Otros poemas adoptan la forma de un jeroglífico o de una plasmación visual.

El resultado de todo ello es una obra tan idiosincrática que no es necesario que aparezca rubricada con el nombre de su autor para que podamos reconocerla como propia de Picasso.

Picasso, de hecho, se revolvía contra quienes pretendían confinarlo en el ámbito de las artes plásticas, que él siempre concibió como una actividad mucho más amplia. Como escribe Roland Penrose,  en Picasso (Flammarion, París, 1982), “después de todo, como le gustaba repetir, las artes se reducen a una sola: se puede escribir una pintura con palabras, del mismo modo que es posible pintar sensaciones con un poema”. En el universo creativo de Picasso no existían los compartimentos estancos.

La sutil presencia del pintor Picasso en su obra poética se manifiesta, como es lógico, en la plasticidad de su escritura y en la distribución del texto en la página, así como en la materialidad de sus soportes y herramientas de escritura.

Al anotar a vuela pluma una frase o al esbozar un poema, Picasso utilizaba cualquier soporte que tuviera a mano (un pedazo de periódico, un sobre, una hoja de papel), pero generalmente ponía en limpio sus primeras impresiones copiándolas con tinta china en soportes más nobles, como el papel de Arches, el mismo que utilizaba para sus dibujos. Es cierto, por otra parte, que rara vez mezcló en sus poemas escritura y dibujo, si bien cabe señalar algún interesante ejemplo de coincidencia cuando, sin apartar la mano de la página, Picasso ‘tejía’ juntamente frases y dibujos.

Porque sus manuscritos, trazados con tinta china o con lápices de color, no sólo pueden leerse, sino que también fueron concebidos para ser apreciados gráficamente, desde el típico borrador lleno de tachaduras a los textos escritos con una grafía clara y casi escolar, pasando por los poemas laberínticos plagados de trazos que se bifurcan y ramifican. Como Mallarmé, Picasso era sensible a la dimensión espacial de la escritura y componía visualmente sus poemas.

En los temas abordados en los poemas de Picasso es posible también observar al pintor emboscado detrás del poeta. Desde luego, es omnipresente el vocabulario relacionado con la pintura (paleta, pinceles, grabado, luz,…). Y sobre todo, los colores. Además, todas las formas geométricas evocadas acaban desembocando en el cuadrado de un lienzo y, como sucede con la pintura, el estado líquido, las superficies viscosas o cremosas son los estados privilegiados de las cosas en la poesía de Picasso.

Por otra parte, la temática de estos textos poéticos, como a menudo sucede en sus cuadros, es inseparable de la de España, siempre evocada a través de la tauromaquia, las canciones populares, la comida y los hábitos gastronómicos, o la guerra. Y evocaba la dictadura franquista mediante platos y alimentos incomestibles, como el propio régimen.

Su escritura reitera temas como los recuerdos de infancia, las sensaciones vividas y los objetos extraídos de su imaginación o de su universo pictórico, pero también escribía sobre el amor, la vida, la vejez o la muerte. Y es ese paso del tiempo el que se erige en tema fundamental en su poesía.

Por eso todos los temas están minuciosamente fechados, y estas inscripciones, que hacen las veces de títulos, frecuentemente se repiten en el mismo cuerpo del poema a través de indicaciones que fijan hasta la hora precisa en que fueron escritos. Y así en los poemas compuestos a lo largo de varios días aparecen indicadas las fechas correspondientes, lo que facilita el seguimiento de cada una de las etapas de una obra que alcanza, de este modo, la condición de una experiencia creativa vivida en y por el tiempo. De esta manera, anclado en su más inmediata realidad, Picasso entroniza el presente y lo convierte en el tiempo soberano de su escritura. Para él, el instante actual abarca todas las dimensiones temporales, aboliendo el tiempo del calendario y aspirando a la eternidad.

Como indica Androula Michaël, en el prólogo del libro “Poemas en prosa de Pablo Picasso” antes citado, “para Picasso, la escritura, lejos de ser distracción o pasatiempo, fue siempre una actividad con la que apasionadamente se comprometió. Una actividad plenamente integrada en el conjunto de su obra, de la que sería conveniente desgajarla. Como tampoco tendría sentido distraerse en establecer comparaciones entre las dos facetas de su genio para buscar descifrar los poemas a la luz -o la sombra- de su pintura o, por el contrario, para fingir que el autor de estos poemas fue otro que Picasso. Como él mismo se encargó de confesar a su amigo Roberto Otero en los años sesenta: ‘En el fondo, soy un poeta que se malogró. ¿No te parece?'”.

Y ahora leamos y recitemos a Picasso en sus poemas. He escogido poemas cortos, con forma de verso y por orden cronológica. Espero que esta elección os parezca interesante y que todos disfrutemos de la expresión poética de un excelso artista visual.

Antoni Gelonch-Viladegut
Sant Cugat del Vallès, noviembre 2013.

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